AMANTES DESDE EL FONDAK
Era el año 1228 cuando en un dorado atardecer bajó en la ribera del Guad el Kebir[1] ante Bury al-Dahab[2] ,Alí-ben-Iusef.
Saltó del barco alegre y en el arenal, vuelto el rostro a Oriente, inclinó su cuerpo invocando el nombre de Allah y el del glorioso Profeta, luego permaneció absorto, como en éxtasis, contemplando la torre de la Mezquita, en donde se reflejaba el sol de poniente.
Pasados unos instantes, oyó voces que pronunciaban su nombre y sólo entonces advirtió que la lancha que le condujera se alejaba rápidamente con dirección a la otra orilla y los que la manejaban eran los que le despedían deseándole la paz a voces que vibraban en el espacio sobre el murmullo de las pequeñas olas producidas por la embarcación y que morían en la ribera del río.
Alí alzó sus brazos y muy lento los echó al aire, luego puso sus manos a modo de bocina y dijo:
-¡Allah os proteja! ¡ que tengáis Paz!.
Ya la lancha había llegado a la otra orilla, cuando Alí decidió ponerse en marcha y dirigirse al centro de la población, allá junto a la torre de la mezquita.
Por el camino y entrando por el Postigo de la Sikka (casa de la moneda), junto a la pradera Mary Al-Fidda[3], Alí fue reflexionando y pensando en todas las alegrías y las penas, que habían constituido hasta entonces su vivir.
Una a una fueron llegando las imágenes a su cerebro, como si las escenas las estuviese viviendo en esos momentos.
Fué primero la blanca casa del Maghreb[4] ,la casa de su padre, rico comerciante en especias. La veía tal cual era, donde nació; las estancias amplias, adornada de bellas labores de yeserías y de mosaicos vivos de tonos metálicos; y el jardín con la alberca y los naranjos, con aquel maravilloso fruto que tanto les gustaba a sus padres.
Cuando acudió a su mente el recuerdo de sus padres, se llevó la mano a la cara y se apretó la frente, como si quisiera alejar de su mente algo que le torturara.
Su madre, era la más hermosa mujer de toda Africa, Fátima era su nombre y su belleza era muy superior a la que el pregonaba. De ella heredó Alí su espíritu soñador y alma de poeta. Era casi una niña cuando fue esclava del rico mercader de especias, hombre despótico, solo poseído del afán de acumular riquezas y rodeando a su esposa de una cárcel o jaula de lujo, pero que la tenía al mismo tiempo en el más completo abandono, sólo él, Alí, fue el consuelo de la desdichada Fátima, consuelo que le duró poco, pues su padre dispuso, que siendo un joven de quince años, partiera
a Bagdad a estudiar.
Seis años permaneció en Bagdad, el joven Alí y en ella su espíritu se abrió a todas las ciencias, que le enseñaron los más famosos alfaquíes del reino.
Cuando, ya hombre, volvió a su pueblo, al llegar al umbral de su casa, su padre le dió la bienvenida y le deseó la paz, luego sin contestar a las preguntas de Alí, que le requería por su madre, le condujo a una estancia interior, le invitó a sentarse y finalmente le habló así:
-Que Allah, te dé toda la energía que necesitas, para oír lo que te diré. Hoy hace ocho lunas que tu madre murió. Yo no quise enviarte donde estabas esta triste desgracia, pero ya es hora de que compartas conmigo este dolor. Mi corazón está lleno de tristezas, las fuentes de mi casa ya no salieron por los surtidores, ni los naranjos del jardín dieron más frutos.
Tras estas palabras el padre se golpeó el pecho con ambas manos, las elevó al cielo, al mismo tiempo que invocaba el nombre de Allah y finalmente se arrugó un poco las vestiduras de seda, cuidando mucho de no romperlas ( se rasgó las vestiduras).
Alí, que había palidecido, trató de calmar el dolor de su padre y se enterneció de amor por aquél al que siempre había temido.
Y aquel mismo día, Alí fué al mekaber[5] y sobre la tumba de su madre colocó una flor.
Ahora, recordando esos momentos, se vió cuán grande fue su indignación, cuando conoció la verdad. Fue un viejo sirviente, el que le contó al oído estas palabras:
-Debes saber Alí, que tu madre Fátima, la que era más hermosa que la luna, no murió como tu padre, mi dueño asegura, pues debes saber que su dolor es falso como la mala moneda, porque su alma es al igual que la de la víbora, él la dejó morir y por eso a
inventado la leyenda de su muerte.
Hace de esto muchos años, un año antes de que tú nacieras. Fue el día de la boda de tu padre con Fátima. Yo venía aquel día de un largo viaje de Isbìliya en el Andalus, en donde nací, mi nombre era y es Abul-el-Kasem. En aquella ciudad crecí y viví y fui admitido al servicio del rey que me quería mucho. Allí me casé. A los dos años de casado, mi señor el rey me llamó y me dijo:
-Tu eres un leal servidor, necesito de ti una prueba de lealtad.
-Manda mi señor.
-Mañana mismo partirás para Bagdad y en mi nombre entregarás un mensaje al Khalifa de Oriente, pero tienes que tener en cuenta que va en ello la seguridad del reino y la mía propia.
Me despedí de mi esposa y partí para el Oriente a cumplir la misión que me había encomendado el rey y así fue como el día de la boda de tus padres me encontraba en el Maghreb de paso a Bagdad. Yo viajaba disfrazado pues mi misión era secreta, me fingía pobre peregrino que iba a la ciudad Santa, a la Meca. Me encontraba entre las gentes que contemplaban el cortejo de boda, cuando quiso Allah que al pasar por delante de mi el caballo que conducía a la novia, se espantó y despidió a Fátima violentamente y fue a caer entre las patas del animal. Me arrojé sobre el
caballo y lo agarré con fuerza y luego levanté en mis brazos a Fátima. y Aquello fue mi perdición, pues los velos que cubrían su rostro se abrieron y su vista me consumió el corazón. Tu padre me invitó a la boda en señal de agradecimiento y me dijo que para premiar mi acción me daría algo, yo repuse que era pobre y que me quedaría a su servicio. Y fui traidor a mi patria, a mi rey y a mi esposa y he vivido veinte años en la horrible tortura de un amor imposible.
Cuando tu te marchastes, Fátima languideció, pero tu padre no quiso nunca decirle donde estabas y por eso le odio, pues es lo que la llevó a la tumba un día en que el cielo resplandecía con más luz, Allah decidió conducir a tu madre a gozar en los jardines del Paraíso.
Ahora ya sabes tanto de mi vida como yo. Han trascurrido veintiún años desde que partí del Andalus. Allí dejé a mi esposa y a una hija que contaba dos lunas. Pero como te conté la belleza de tu madre inundó mi corazón y no volví. Yo he de permanecer aquí hasta consumar mi venganza de ver a tu padre muerto. A ti que no te liga nada a esta casa, deseo que busques a mi mujer y a mi hija y le digas que me perdonen.
Y Abul-el-Kasem, ahogó su llanto con la mano en la boca.
Recordaba ahora Alí, como una noche salió de su pueblo en el Maghreb y como en medio de privaciones y angustias, que no le bastó la bien repleta bolsa de oro que Abul-el-Kasem, le entregó, no pudo como bien quisiera, pasar el mar para que lo dejara alguna embarcación en Isbìliya, pues las cosas estaban belicosas en todo el norte de Africa, así que pasó muchos días en las playas gastando mucho más de lo que había pensado, hasta que Allah, se compadeció de él y le envió a unos beréberes, que le condujeron con su embarcación, primero atravesando el Estrecho, llegando a las costas del Andalus y penetrando por el gran río Guad el Kebir y aquel atardecer después de remontarlo procedente del mar y a contra corriente, pisaba la tierra ansiada, en el momento que el sol caía con su rojo disco detrás de los cerros del Aljarafe.
Ardía la frente de Alí, al recordar las escenas del pasado, y quería cumplir la misión que le confió Abul-el-Kasem y deseaba llegar al centro de la población, admirando todo cuanto se cruzaba en su camino pareciéndole una joya de elevado precio la construcción que por encima de los bajas casitas se vislumbraba.
Miró al punto más alto de la torre que presidía la ciudad y tuvo la certeza que en aquella ciudad misteriosa sufriría su cuerpo y su alma.
Pero Alí era un buen creyente y dijo juntando las manos, sin importarle los que pasaban a su lado:
-¡El Misericordioso guiará mis pasos!.
Y siguió andando hasta el centro de Isbìliya.
********
Con gozo infinito avanzaba lentamente Alí y con ansia respiraba el aire tibio que estaba lleno de aromas de azahares. En su ánimo se había desvanecido aquel trágico presentimiento de momentos antes y daba paso ahora a ideas de ventura. En aquella tierra
bendita, no entraban ni penas ni angustias y pensó que Abul-el
-Kasem, se había quedado corto cuando le describió las hermosuras de su patria.
Alí era alto, delgado, tenía la frente despejada, los ojos negros que le brillaban con la luz de la inteligencia. Todo su ser reflejaba la nobleza de su espíritu. Cuando Alí iba cruzando las calles, las gentes lo miraban, porque la superioridad se reflejaba en sus ademanes y su voz al preguntar en dos ocasiones donde le podrían dar razón de la familia de Abul-el-Kasem, no era la palabra del mendigo ni del mísero peregrino, sino que su verbo era noble y su sonido la música del mejor instrumento conocido.
Allá a la derecha estaba el palacio o casa del rey, muy cerca de la Mezquita Mayor, pero en aquel lugar no quería preguntar para resguardarse hasta el final.
En estas conjeturas andaba, cuando desde lo alto de la torre, se llamó a la oración y se postró en tierra y oró con humildad y fe y su boca pronunció el nombre del Misericordioso y el de su enviado Mohammed.
Al terminar de orar, atravesó junto a la mezquita, internándose por las callejuelas adyacentes.
Del portón de un fondak se escapaban reflejos de luz, pues ya había caído las primeras oscuridades y el aire le traía bullicios desde el interior.
Alí, entró lentamente en la posada y vió que el patio central y las estancias ofrecían un pintoresco aspecto.
En centro del patio estaba ocupado por montones de bultos de mercancías y muchas gentes que estaban dispuestos a pedir asilo en aquella posada. Todos armaban ruido y desenjaezaban las mulas y los caballos y los llevaban al segundo patio donde estaba la cuadra, otros sacaban agua del pozo que había en el patio y bebían y volcaban el sobrante en la pila de piedra donde abrevaban algunas caballerías.
Cruzó Alí el patio y entró en la más grande estancia del fondak, esta estancia estaba destinada a cocina y comedor en donde los viajeros se reponían del cansancio del camino. Las paredes estaban ennegrecidas por el humo, estaba el suelo enlosado por enormes piedras y cubierto con una estera de palma y al fondo la campana del hogar en donde ardían los leños y en su alero descansaban platos, escudillas y alcazarras y de él pendía la gran candila de aceite que iluminaba con sus resplandores la estancia con pálidos reflejos.
La cocina de la posada estaba llena de gentes de toda condición y aspecto. Los había sentados en el suelo en las esterillas formando corros, otros sobre banquetas en torno a las pequeñas mesas que sustentaban platos y algunos hombres estaban tendidos junto a los muros, envueltas las cabezas en los albornoces y apoyados sobre las alforjas, durmiendo y reponiendo fuerzas de su cansancio.
Alí se sentó en un rincón cerca de la puerta y después que un criado le sirvió pan y frutas comenzó a contemplar a las gentes que le rodeaban y se arrebujó en su albornoz y se dijo que aquella benéfica fundación en donde hallaban posada viajeros y peregrinos era gracias a la inagotable magnificencia del Alto y Poderoso rey que regía los destinos de los fieles de aquel reino.
Todas las gentes que le rodeaban eran mercaderes del Maghreb y trajinantes que se dirigían unos a Granada, Almería o Málaga, y los había judíos que para disimular su presencia se cobijaban en el mas oscuro rincón de la estancia.
Algunos soldados que lucían vistosos trajes, gritaban alrededor de una mesita donde jugaban a los dados.
Junto a la lumbre y sentado, extendidas las manos para recibir calor, se hallaba un hombre de singular aspecto, vestía ricas vestiduras musulmanas y por su porte se dejaba traslucir que era un personaje de alta condición, era joven y sus ojos muy negros miraban con una fijeza y una altivez dominadora, de cuando en cuando los jugadores gritaban, volvía el rostro y contraía fuertemente los labios en un gesto contenido de ira.
Alí fijó mucho su atención y en su retina quedaron grabadas las facciones del noble desconocido.
Otras muchas gentes estaba esparcidas por el fondak. Unos entraban y otros salían constantemente y se acercaban al pozo para beber o darle agua a alguna caballería.
A Alí le fueron pesando sus párpados y se fueron esfumando de su vista las imágenes de los soldados jugadores, de los trajinantes dormidos y en fin de todo cuanto le rodeaba y cuando el sueño se apoderó de él y venció su fatigado cuerpo, persistía solo en su mente la figura del hombre de ricas vestiduras que sentado ante el fuego, le había causado tan agradable sensación.
Y la mente de Alí vagó por las más profundas regiones del sueño y fueron imágenes de tortura y de dolor las que se reflejaron en su mente.
Soñó que iba por un desierto perseguido por los enviados de su padre, que había jurado ante la espada del Profeta vengar la afrenta que significaba la huida de su hijo, tras penosos esfuerzos llegaba al Maghred y luego cruzaba a nado el mar y en loca y desaforada carrera se refugiaba en aquel fondak. Pero allí tampoco logró paz ni descanso.
El personaje que estaba junto al fuego, se levantaba e iba a su encuentro mientras se desnudaba completamente, como si en el fondak no hubiese nadie y llegaba a su lado y también le desnudaba. Nunca había visto un cuerpo desnudo de hombre, ni cuando estudió en Bagdad y convivió en la intimidad de sus compañeros estudiantes, más perfecto que aquel que le desnudaba, y consintió en sus caricias y correspondió a ellas, sus labios cálidos le atraían como el imán y nuevas sensaciones de placer le corrían por la espalda y todo su cuerpo. Fue algo inenarrable e inesperado que llenó de confusión a la vez que de alegría su pensamiento onírico involuntario.
Y entonces despertó Alí de su pesadilla y se dió cuenta de que algo estaba ocurriendo a su alrededor.
Una pelea estaba a punto de comenzar, viendo como los soldados se dirigían hacía el hombre de las ricas vestiduras que les aguardaba empuñando una daga con el rostro rojo de coraje, los ojos coléricos, todo él transfigurado en actitud de reto, contrastando con la que en el sueño de Alí, se había manifestado.
Inmediatamente tomó partido, sin saber como había comenzado la provocación, ni quién la provocó, pero las sensaciones que en su pensamiento habían surgido en el sueño le colocó junto a aquel que le hizo por primera vez sentir el placer más profundo.
Las gentes que ocupaban la estancia se habían retirado dejando espacio suficiente para la pelea que se avecinaba.
Los tres soldados se disponían a caer sobre el desconocido y uno de ellos avanzó elevando la espada sobre la cabeza del caballero, pero este en un rápido impulso, se encogió ladeando su cuerpo y clavó fuertemente su daga en el costado de su enemigo lo que hizo que con un fuerte alarido de dolor se desplomase rodando por el suelo. Pero no pudo sacar la daga que había quedado clavada en el cuerpo del que yacía en el suelo y los ojos de los otros dos soldados resplandecieron de alegría cuando vieron a este desarmado.
Pero ocurrió que Alí, viendo en el peligro que se encontraba el desconocido y al ver lo que iban ha hacer sus enemigos, sintió su alma encendida de indignación y con un rápido movimiento arrancó la espada de un soldado que estaba a su lado y con dos certeros golpes hundió la misma en los cuerpos de los que querían vengar la muerte de su compañero.
Se oyó un clamor de aterradas voces, todos se precipitaron atropelladamente hacia las puertas y en el centro de la estancia solo quedaron Alí y el desconocido.
-¡Por la fe del Islam, te juro, quien quiera que seas, desde hoy tendrás en mi un hermano!
Y luego, dirigiéndose a las gentes que se hallaban en la estancia, exclamó, en un ímpetu de ira.
-¡Canallas! ¡ retirad esos cuerpos!.
Y sin decir más, cogió por un brazo a Alí y cruzando la estancia, salieron a la calle estrecha.
Deambularon por el barrio en el que se encontraban, sintiendo el frío de la noche en sus rostros y Abu-Tabet-Omar-ben-Otmanben, le dijo a Alí:
-Esta noche me encontraba en el fondak disfrazado y sin nadie de mi séquito, porque obedecía al cumplimiento de una delicada misión y era aguardar la llegada de una mujer, hija del walí de Almería, que se dirige a la corte de Granada y que viene de Castilla donde ha sido criada por un infiel desde pequeña, ya que su madre se marchó del lado de su esposo cuando la niña era pequeña, esta joven de extraordinaria belleza viene a quedarse junto a la madre de mi señor, en Granada, como dama de compañía. Se llama Noriza y es la más codiciada de las doncellas del Andalus. Su padre, también necesita verla y ahora que su madre ha muerto regresa con los de su raza, pero al ruego de mi señor, consintió en la satisfacción del deseo de su madre, retenerla a su lado, con lo que el viejo walí no tendrá mas remedio que ir a verla a Granada a pesar de no haberla disfrutado desde que tenía cinco años, pero los deseos de mi señor son muy poderosos. El mismo, me ha confiado, a mi su mejor amigo, darle la paz y bienvenida, así que después de descansar en el fondak, voy a salir a su encuentro ya que me esperará en la puerta de Báb Maqaràna,[6] para descansar unos días en Isbìliya y luego, proseguir el viaje.
Juzgó Alí que se debía presentar a Omar y así lo hizo:
-Yo señor, soy del Maghred, mi nombre es Alí. Estudié en Bagdad y de regreso a mi patria hallé que mi madre había viajado al Paraíso con el Profeta ( que Dios guarde ). Ningún amor me ata al autor de mis días, pues el fue la causa de su muerte, es un hombre sólo dedicado a sus riquezas, pero un sagrado deber de amistad me ha traído a estas tierras. Perdona mi amigo que no pueda revelarte más, juré a un amigo sobre el Libro del Profeta, que no revelaría el secreto. Yo, en este reino no seré mas que un poeta estudiante que atraído por la fama de sus sabios, vino solo a aprender en las enseñanzas de los alfaquíes[7] ¡ Y que Allah, señor, te recompense la gracia que me otorgas con tu amistad!.
Omar, le pasó la mano por los hombros y lo atrajo hacía él besándolo en la mejilla, con lo que Alí se estremeció de los pies a la cabeza, pues las sensaciones del sueño volvieron a su cuerpo, con más virulencia que la vez anterior, pero con la realidad por delante.
Nunca había sentido atracción por ningún hombre, ni allá en Bagdad en los días de estudiante, ni cuando en muchas ocasiones iba a los baños a descansar, donde todos los hombres andaban desnudos, nunca pasó por su mente nada semejante, pero ahora estaba confundido y en su corazón bueno, pedía que Allah le aclarase esta nueva experiencia que surgía de su interior.
Entre agradecimientos y suspiros, llegaron a la puerta antes mencionada y saliendo por un postigo abierto en la muralla, al lado de la torre albarrana sobornando a un guardia para que les abriese el portillo por donde esperaban llegase la bella.
A modo de sillón, Omar se sentó en una piedra y Alí a los pies de forma que su cabeza estaba casi a la altura de las rodillas de su amigo, este le habló así:
-Mi querido amigo Alí, aquí delante de este firmamento que nos sirve de corona, juro que siempre me tendrás para todo cuanto precises, pues me has salvado la vida, de forma que por los eternos días de nuestra existencia y en el Paraíso serás como mi hermano.
Alí, inclinó la cabeza y la descansó encima de su amigo Omar, el cual le acarició la frente, el cuello y la garganta, en señal de amistad.
Acababa Omar, de pronunciar las últimas palabras cuando un estrépito de pisadas de caballerías primero y un fuerte rumor de voces después, distrajo su atención.
Omar se levantó presuroso, dejando para más tarde las caricias iniciadas, al tiempo que exclamaba:
-¡Deben ser los viajeros!.
Alí también se levantó y los dos se adelantaron, para recibir a la bella Noriza, que venía acompañada de dos esclavas y de dos escuderos que le había servido el rey castellano.
Pasaron por el portillo andando y llevando las caballerías asidas por las bridas y se encaminaron a una mansión que al efecto había sido alquilada días antes por Omar.
Llamaron y un esclavo les abrió, dejando pasar a aquella pequeña corte que se dirigía a Granada.
Entraron en el patio central y al lado, en una estancia, las esclavas de la viajera extendieron rápidamente sobre el suelo alfombras y almohadones y se retiraron quedando en la estancia Omar, Alí y Noriza. Sentaronse sobre los cojines en torno de una mesilla en la que las esclavas dispusieron tazas llenas de humeante infusión, pasteles de almíbares y rojas guindas azucaradas.
Estaba Alí sentado frente a la bella Noriza y cuando ésta se desprendió del velo, como una nube de gasa que cubría su rostro, pudo bendecir a Allah al contemplar la más extraordinaria visión de hermosura que jamás le fue dado admirar. Resplandecía el rostro de Noriza cual la luna en el Ramadán[8]; eran sus ojos verdes como la luz de cien auroras, su boca era un prodigio de perfección y las rojas guindas envidiaban el color de sus labios y la leche el de sus mejillas; la más famosa música no tuvo jamás que envidiar al timbre voz de la bella, ni en los mas bellos palacios del Andalus, pudiera hallarse mujer alguna que ostentara la perfección de aquel cuerpo que se adivinaba por debajo de las ropas que lo cubrían.
Alí, en aquella noche, se deleitó hora tras hora contemplando las bellezas admirables de Noriza y de Omar y oyéndole contar a la primera, las incidencias del camino.
Omar por su parte, no dejaba de recrear su vista por los cuerpos de Noriza y de Alí.
Y cuando en Oriente, a través de las brumas comenzaban a avanzar las luces del amanecer, Noriza, Alí y Omar, se abandonaron en los brazos de cada uno y penetraron en la profundidad de los caminos ignotos de sus descubrimientos particulares, sintiéndose carnes inseparables hasta quedar extenuados encima de los almohadones en donde las prendas de vestir de los tres, quedaron esparcidas por doquier.
Ya el sol inundaba con su luz la estancia, cuando despertaron se colocaron las ropas más imprescindibles y Omar tocó las palmas, para que las esclavas les sirviesen.
Alí deseoso de que el sol le diese de lleno en la cara, subió a la terraza desde donde se divisaba palacio de verano del emir, desde allí se veían los jardines del mismo.
Llevaba un buen rato contemplando los alrededores y el verdor de la orilla del río, cuando, sintió unas manos suaves que le acariciaban la espalda, no se volvió, pues intuyó quien era el dueño de aquellas manos, tan dulce como la miel de su patria.
Sintió el aliento de Omar pegado a su cabeza y sintió como aquellas manos le deslizaban el albornoz hasta el suelo y notó la carne deseada pegada a su cuerpo, disfrutando en aquella terraza lo que su amigo le había reservado. Después Omar se retiró no sin antes besarle la punta de los dedos de las manos y allí permaneció tendido al sol del otoño, aún cálido, que le penetraba por todos los poros de su cuerpo desnudo y en libertad.
Aún estando en esta posición, pues no se quería mover, para evitar que se esfumase el encanto, como en el sueño de la posada, cuando sintió unas manos que le acariciaban suavemente y le hizo trasladar a la cima de una montaña y contemplar el Edén en toda su plenitud, ¡ Noriza daba amor a raudales a quien en la noche había sabido transportarla a las más altas cotas de la pasión !.
El cielo brillaba aquella mañana más que de costumbre, pues tres corazones se habían cruzado en el camino en la vega del río Guad El Kebir.
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Aquella mañana se propuso Alí, que no había de ponerse el sol aquel día sin que él descubriera a su gran amigo Omar, el secreto de su alma.
Y así cuando por la noche paseaban ambos por la orilla del río, en el calor y la sinceridad de las palabras, Omar con el brazo alrededor de la cintura de Alí, este le dijo:
-Ya ha trascurrido una luna desde que pisé por vez primera esta bendita tierra y este tiempo ha sido para mi como la fugaz estrella que cruza los espacios; mi alma ha vivido embelesada en la dicha inefable de un amor que ha cerrado mi espíritu a cuanto no fuera él y a cuanto de él no me hablara. Amigo yo a ti te debo todo y ya es ingratitud ocultarte por más tiempo mi secreto.
Omar abrazó a su amigo y le besó en la mejilla y sonriendo atajó con estas palabras:
Tu secreto ¡oh Alí!, hace días que lo leí en tus ojos que lo proclamaban y te hicieron traición, ya que tu alma quedó deslumbrada ante los mágicos encantos de Noriza, la más hermosa mujer del Andalus ¿ Te ama ella ?.
-Vive por mi; toda ella es mía...¡Oh amigo; yo no conocí hasta ahora la vida!... y también te amo a ti, con lo que me considero un ser afortunado, pues sin tus caricias no podré viajar por los jardines de mi fantasía.
-¿Que te detiene, pues, a proclamar ese amor que sientes por Noriza y por mi ?, bastaría que nos pusiésemos de acuerdo, para que los tres nos complaciéramos y solamente fuese tu esposa, con lo cual si ella lo estima oportuno mis efusiones amorosas quedarían a un lado y me retiraría a bendecir vuestra unión en el más apartado lugar del Aljarafe.
-¿Es verdad que verías con gusto nuestro amor?
-Yo te considero mi poeta particular, te he colmado de honores y amor, te albergo en mi casa... ¿ que más puedo hacer para llamarte hermano?
Alí, entonces, cogió entre las suyas las manos de su amigo y las besó, y con voz velada por la intensa emoción dijo, poniendo frenesí en sus palabras:
-¡Oh, amigo! guarda en tu pecho estas palabras que voy a decirte. A pesar de lo que me estas diciendo cuando Noriza se halla ante ti, he visto un tus ojos un rebrillo de ansiedad.
-El amor que te abrasa te engendró celos. La hermosa Noriza es tuya, solo tuya. ¡Que Allah prolongue vuestra dicha en infinitos días!
Luego los dos amigos se tendieron en la arena, allí junto al río y mirando a la luna plateada que con sus reflejos, parecía que acariciaba a ambos cuerpos, juntos compusieron un poema de amor.
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Moría la tarde dulcemente; los jardines del palacio del Emir, la mansión de recreo, aparecía en aquellos instantes desde la terraza en donde estaba Alí, un palacio y un jardín encantado, como si un genio lo hubiese transportado en aras de la felicidad de Alí para recreo de su vista. Los resplandores del sol hacían que las colinas del Aljarafe, pareciesen ascuas de fuego prontas a ser encineradas, se aspiraba el violento aroma de las flores que cuajaban en salpicaduras de vivos tonos los bancales de los jardines y se percibía un leve susurro el ruido del agua al deslizarse por los canalillos de los azulejos del patio de la casa de Omar.
Alí caminó lentamente por el espacio reducido de la terraza de la casa de su amigo hasta que la noche lo cubrió todo con su manto, entonces elevó su vista al cielo y consultó la altura de las estrellas, luego se embozó hasta los ojos con la capa que vestía y apresuradamente bajó las escaleras y pronto se halló ante una puertecilla que se habría en el muro del recinto del palacio de verano.
Había recibido por la tarde un mensaje del Emir, que deseaba verlo para consultarle la formación de algunos poemas, ya que se había enterado que a este arte se dedicaba.
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