LA TORRE ALBARRANA
Ibn Sàhib al-Salà, el cronista, dice que el califa dio orden de reconstruir, por su cuenta, la muralla de Isbìliya y que fue construida con cal y cascajo o guijo desde el mismo ras de tierra hasta alcanzar una considerable altura bajo la dirección de los mejores alarifes.[1]
Pero lo que no dijo Sáhib al-Salà, es que dentro de sus piedras se escondieron los mas bellos poemas de Al-Andalus y que al amparo de ellas, se forjaron las más exquisitas leyendas de todo el orbe musulmán y al mismo tiempo las más terribles tragedias.
El sector de la muralla más importante conservado hasta nuestros días, es el comprendido entre las puertas de Qurtùba[2] y de la Maqaràna[3]. Entre estas dos puertas una torre nos llama la atención,
Isbìliya, era como una novia vestida de azahar, en los tiempos que fue cuidada por los árabes. La relajación de sus costumbres, no siguiendo los dictados del Korán a rajatabla, hacía que fuese una ciudad amable y placentera.
En esta ciudad, nadie podía substraerse a probar el vino cálido y generoso que se criaba en el Aljarafe, ningún visitante quería marcharse una vez que se había mirado o bañado en su río.
A Jafar le habían asignado un puesto de vigía en la torre Albarrana junto con otros soldados para impedir que nadie sin ser identificado la traspasase.
A media mañana vio llegar por el camino que conducía a
Cuando llegaron los viajeros pudo observar, al igual que sus compañeros, que se trataban de dos hombres jóvenes de magníficos aspectos y que por sus ropajes eran personas importantes y adineradas.
Uno de ellos traía sobre su cabeza un turbante de exquisita tela blanca de ricos hilos de plata y una pluma de vivo color rojo, el otro traía el turbante de color azul, pero sin el penacho del otro.
Parecían amo y criado, primero por la forma de caminar. El del turbante blanco delante unos pasos de la caballería antes que el otro.
No era frecuente que entrasen por
-¡Que Allah os guarde!-saludó Jafar.
-¡Que el Misericordioso esté contigo!
-¿Dónde se dirige mi señor?
-Hemos venido a Isbìliya desde Qurtùba, con el ánimo de vivir aquí pues ya en otro tiempo estuve y deseo volver a ver a mis amigos y recibir la bendición de tu tierra.
-¿Como se llama mi señor?
-Ibn al-Shamar y mi criado al-Jatib.
-¿ No sabes que nuestro Rey y Señor, que Allah guarde, no quiere
a ningún enemigo viviendo en Isbìliya.
-Yo no soy ningún enemigo, tengo muchos amigos aquí.
-Pero yo no te puedo dejar entrar.
-Si me dejas te traeré las referencias que desees, para que las puedas comprobar.
-No puedo hacerlo, son las ordenes recibidas del Arraiz.[4]
-Pero al menos me dejarás entrar en la torre, para saciar mi sed, hasta que dé aviso a mis amigos para que te den mis credenciales.
-Eso sí lo puedes hacer y aquí puedes esperar.
Bajaron de sus cabalgaduras los viajeros y asiéndolas por las bridas ascendieron por la pequeña pendiente que conducía a la parte posterior de la muralla en donde a una argolla sujetaron a los dos caballos y ellos escoltados pasaron al interior de la torre.
Los soldados capitaneados por Jafar les dieron asiento y agua y algunos higos frescos que tenían para comer, agradeciéndoles los recién llegados las atenciones recibidas.
Posteriormente enviaron a un mensajero con las direcciones que el viajero les dio para que lo avalasen en su estancia en Isbìliya. En aquel tiempo las hostilidades entre las dos ciudades más principales del al-Andalus eran patentes y requerían de estos requisitos para poder entrar y andar libremente por ellas los habitantes de una y de otra.
Las horas fueron transcurriendo lentamente y una corriente de simpatía entre Jafar y Shamar, se fue abriendo. No era altivo el viajero Shamar, era sencillo y ocurrente y su fisonomía atractiva y luminosa.
Sus ojos verdes cautivaron la confianza de Jafar, ya que le parecieron que aquellos ojos tan límpidos eran imposible que tuviesen doblez y engañasen, pues la forma de mirar era muy franca.
El mensajero enviado para pedir las garantías o informes a las direcciones que dijo el viajero, al llegar la hora del relevo antes de la oración, no había vuelto aún, y como entre Jafar y Shamar se había iniciado una cierta amistad, bajo la responsabilidad del primero, le invitó a seguirlo a su casa y a establecerse como su huésped, hasta tanto no llegasen las noticias de que podía circular con libertad por Isbìliya.
Jafar, cogió su cabalgadura e hizo que Shamar y Jatin, le siguiesen a su casa de los Dabbàgìn[5], al lado opuesto de la ciudad vieja, casi al lado Bab-Minjoar[6]. Para llegar a su casa tuvieron que pasar por la calle de los músicos, lugar en donde muchos de los que hacían que las melodías en Al-Mubarak sonasen como cantos de dioses, vivían; mientras caminaban escuchaban los sones del karrìnj[7], el 'ùd[8], la rùta[9], el rabàd[10],el gànùm[11] y
la kanìra[12], lo que provocaban que los corazones de los forasteros, se elevasen a las mas altas cotas de la felicidad al escuchar y al mismo tiempo absorber el olor a azahar que desprendían los naranjos y limoneros en flor de los jardines situados en las angostas callejas.
Pasaron por calles blancas, inmaculadas y al final pararon en una casa pequeña pero con el suficiente hueco a su entrada como para que pasasen las caballerías. El zaguán de entrada estaba empedrado y un portón de madera figuraba como segunda puerta, se apearon de los caballos y Jafar llamó con fuerza a aquella puerta, que de inmediato fue abierta por una joven que llevaba cubierto el rostro.
-Es mi esposa Wallada.
El huésped y su criado hicieron una reverencia y a una indicación de Jafar, atravesaron el patio y llevaron las caballerías al huerto situado detrás de la casa.
Como todo fiel creyente, la acogida en el hogar de un hermano árabe es siempre un acontecimiento y en esta casa de Jafar no podía ser menos. Los viajeros fueron acompañados al baño abierto a las estrellas de la noche y un zeis[13] quemó en los pebeteros aromas de romero en flor.
Ya limpios y aseados, pasaron a la sala principal de la casa, la cual estaba adornada con bastante dignidad con almohadones y alfombras.
Cuando se sentaron ya Wallada, había dispuesto en dos bandejas, dulces, alfajores y leche fresca para que comiesen los recién llegados, ya que era su amado esposo el que había traído a aquel señor y había que hacerle los honores, ella no se dejó ver, pues su sitio estaba en la parte alta de la vivienda, observándolo todo por una celosía.
-Amigo, jamás tuve una acogida tan magnífica en Isbìliya, ahora te la debo a ti.
-¡Que Allah me conserve tu amistad!
-No sólo me has ayudado, sino que además me has ofrecido tu casa para pasar la noche. ¡Allah te lo premie !.
Después de comer y los halagos de rigor, ambos se quedaron dormidos por el mucho trajinar del día, uno por haber estado de guardia en la muralla y estar cansado y el otro por el viaje un tanto largo que había hecho en la última etapa.
Los dos vestían con un kaftán y se quedaron dormidos encima de los almohadones de la sala principal y entonces Wallada que vigilaba, bajó del piso superior y apagó las candilas que iluminaban la estancia.
Al llegar la mañana Shamar, se fue despertando poco a poco con el sonido de una nùra[14] tocada tan magistralmente, que realmente le pareció que los ángeles del cielo habían bajado para hacerle un homenaje a su llegada a Isbìliya.
Se incorporó y notó que estaba completamente sólo pues Jafar, seguramente se había incorporado de nuevo a su servicio en la muralla, o al menos eso fue lo que dedujo muy certeramente. Se levantó y se acercó a su criado Jatid, que estaba dormido en el patio, pero no lo despertó.
Su oído acostumbrado a los más clásicos y refinados sones de la música se estaba embelesando con el eco de aquellas notas que percibía en el aire de la vivienda. La luz de la mañana entraba por el patio rectangular, no muy grande pero si de airosas proporciones. En un rincón del mismo descubrió una pequeña y empinada escalera que subía al piso superior que era de donde procedía aquella melodía.
Tímidamente y sin querer hacer ningún ruido comenzó a subir, peldaño a peldaño y al final asomó su cabeza de cabellos negros por el hueco del suelo y la mas encantadora imagen que ojos jamás vieron, se descubrió ante sus pupilas.
Wallada, de una belleza impresionante, estaba de cara al ajimez[15] vestida con una túnica de color violeta, sujeta a la cintura con una correa dorada, dándole al aspecto de una diosa.
Estuvo contemplando aquella especie de visión por un tiempo, sin que la esposa de Jafar se diese cuenta, ensimismada como estaba con la música y la mirada puesta en las aves que revoloteaban por el espacio abierto.
Así hubiese estado todo el tiempo del mundo, en la contemplación de aquel espectáculo, si no hubiese vuelto la cara Wallada y lo hubiese divisado, e inmediatamente dejó la flauta y corrió a taparse con el velo la cara.
-¡No te asustes bella Wallada!, es que el son de tu música me ha atraído hasta tus pies, dejándome completamente embelesado.
-¡Pero no deberías estar aquí sin que mi esposo y señor te hubiese autorizado!
-Tu esposo, bella Wallada, no está y al encontrarme solo en la casa, quise saber quien tocaba tan bella melodía.
-¡Te ruego bajes y esperes a mi esposo!
-No quisiera molestar a la esposa de mi anfitrión, pero tu belleza me cautivó tanto como tu música.
Wallada se levantó rápidamente descalzos sus pies y se le desprendió con el movimiento la túnica color violeta que estaba solamente sobre sus hombros, quedó así solo cubierta por un fino chamir y unos zaragüelles de seda azul de tan sutil tejido que permitía admirar, a través de aquellas prendas, la singular perfección de su cuerpo. Eran doradas las medias lunas que pendían de la cinta que anudaba la frente de la esposa de Jafar, los grandes aros que ornaban sus orejas y las ajorcas que aparecían en sus brazos y en sus piernas desnudas.
Era Wallada no muy alta, pero de cuerpo graciosamente formado, su cabello y sus ojos muy negros, su carne tenía el color de las espigas y sus labios el rojo vivo de la cereza.
Se llegó Wallada al centro de la alcoba, para decir al intruso
que se marchara, cuando comenzó a sonar los acordes de una vihuela, sonaba la música en suaves notas y ella siguiendo el compás se olvidó de lo que debía hacer. El rumor de los acordes de la vihuela, eran ahora notas rasgadas, potentes como ayes de dolor, como hondos suspiros, vibraciones enérgicas de odios y de pasiones, y entonces Wallada se abandonó arrastrando consigo al invitado.
Moría la música en el aire, y se oía ya solo el tintineo de las ajorcas de oro que rodeaban los brazos y las piernas de Wallada, cuando vencida por el cansancio, se dejó caer mansamente sobre la mullida alfombra en los brazos de Shamar.
Así los encontró Jafar al volver a su casa.
En la torre Albarrana junto a


teodoro-gallo dijo
amigo Hamed:
Muy bien documentado el relato y bellisima la exposición. conozco cual es la torre en cuestión, está frente al Parlamento Andaluz.
En tiempo hay vivia una señora que decían era una bruja, pero lo que ses que era muy anciana.
saludos y continúa se le lee con mucho interés.
6 Enero 2008 | 09:09 AM