UNA VÍSION EN AL-BUHAYRA
Madinat Isbìliya, a fines del siglo XII y comienzos del XIII, era una ciudad elegida por Allah, el Misericordioso, el Único.
Los almorávides no construyeron palacios, pero si ocuparon los que Al-Mu´tamid, construyó.
En el año 1171, Abù Ya`qùd Yùsuf, mandó construir unos palacios en las afueras de Isbìliya, saliendo por la Bâb Yahwar , en lugar conocido por las gentes de su tiempo por luqam Far ùn .
en aquel lugar no distante de aquella puerta, existían unas huertas que llevaban el nombre de Ibn Maslama, seguramente por cordobés que había sido su dueño. En ellas se construyeron palacios y grandes mansiones, el lugar se denominó Al-Buhayra. Se plantaron en aquel lugar olivos, frutales y árboles raros de las más variadas y dulces especies. Las gentes de Isbìliya acarrearon allá tierra fértil de sus huertos con lo que la lozanía de las plantas estaba asegurada.
Se dispuso que las gentes expertas del Aljarafe arrancasen pies de olivos, escogidos de diversas clases para llevarlos a Al-Buhayra. Tanta ilusión puso el califa en esos palacios que acostumbraba a salir a caballo, acompañado de gente principal, para observar los trabajos y recrear su vista contemplando los olivos.
El alarife Ahmad b.Bàsu, el más destacado de todos los de Al-Andalus, tuvo mucho que ver en la construcción y muchas veces,
al igual que el califa, se paseaba una vez terminado su trabajo por los vericuetos de los jardines de la huerta que tan bellamente exornó y soñó.
Una tarde en que el sol de poniente doraba las paredes del palacio, iba Ahmad pensativo y dando gracias a Allah por el trabajo bien realizado, cuando al acercarse al gran estanque rodeado de naranjos en flor, notó que de las aguas del mismo salía de vez en cuando una especie de pequeña fuente o surtidor y la curiosidad le hizo acercarse, no sin la debida cautela.
Los rayos del sol como maná aurífero penetraban hasta el fondo del estanque descomponiendo el agua en bellos tonos dorados y allá en el fondo un cuerpo joven buceaba entre las flores acuáticas tratando de asir la cola de un pez rojo; de vez en vez salía a la superficie a respirar y seguidamente volvía a su primitivo entretenimiento.
Se trataba de un joven de unos dieciocho años que produjo en Ahmad una gran admiración al observar su belleza sin igual.
Su pelo negro ensortijado caía a ambos lados de su cabeza cuando salía a respirar como una cascada de olas marinas y sus anchos hombros parecían esculpidos por los mejores escultores romanos; quedó absorto Ahmad y se reservó detrás de un manzano para observarlo en toda su plenitud.
Cansado de perseguir al pez, en una de las subidas tomó impulso y salió del agua y el alarife se quedó maravillado. El cuerpo moreno, ahora brillante por el sol y chorreante de agua, parecía el de un ángel que hubiese bajado a la tierra; sus caderas, su tórax, sus brazos, sus muslos, eran los de un ser irreal, hacía que lo atractivo de su figura se realzase en toda su plenitud. Se llevó las manos a la cabeza para escurrir el cabello y se estiró de cara al sol y su figura se alargó, se sonrió mostrando unos dientes blancos como perlas de Arabia y la mirada de unos ojos negros como las profundidades del estanque enmarcados por unas cejas negras y bien dibujadas se extendieron hasta el infinito de la bóveda celeste.
En esa postura, recibiendo en su cuerpo desnudo el beso del viento templado de la primavera, estuvo un buen rato y el alarife observando sin ser visto desde su puesto privilegiado sintió como las lágrimas le resbalaban por la cara al contemplar tanta belleza, pues en aquel lugar la naturaleza se había conjugado con la máxima perfección.
Posteriormente el joven se tendió al filo de la alberca mirando al cielo para observar las aves que cruzaban el espacio y así permaneció sin saber que su intimidad había sido descubierta y admirada.
Su belleza masculina encajaba perfectamente con el fondo de las plantas de nenúfares que desde la profundidad del agua buscaban ávidas los rayos de sol.
Los setos que rodeaban los parterres cercanos a la alberca se conmocionaron al paso de una figura que venía directamente hasta donde estaba el joven, el alarife esperó para ver en que quedaba todo y observar la reacción de este, pero pareció que estaba esperando a la persona que se atrevía a perturbar su paz.
La figura era la de una mujer envuelta en un kaftán rosado tejido con la más exquisita seda que en oriente se fabricó. Se fué directamente a donde estaba el joven y se quitó la ropa, quedando solamente cubierta con una finísima y transparente túnica. Lentamente se agachó y rodeó con sus brazos el cuerpo maculino que se dejó acariciar, arqueando su cuerpo levemente.
El personaje recién llegado era de tal hermosura, que los ojos del constructor de nuevo se humedecieron al contemplar tanta belleza, la piel blanca como la nácar, el cabello sedoso suelto al aire del atardecer y su grácil figura delicada como hecha de cerámica, hacían de aquella mujer, un ser irreal, un ser etéreo; sus movimientos parecían tener el efecto de estar volando como una luciérnaga alrededor de una luz en la noche, era como una maravillosa mariposa multicolor que se hubiese enredado en los ensortijados cabellos del joven, para pasar sus alas delicadas por detrás de su cabeza y envolverlo en el manto de la felicidad suprema.
Los brazos de él rodearon la cintura cimbreante de ella, y en un abrazo interminable, confundidos los dos cuerpos en uno solo, cabalgaron por los prados del amor.
Como dos peces que hubiesen pasado demasiado tiempo fuera del agua, aún jadeantes, se deslizaron dentro del estanque para componer la más bella melodía de amor que jamás hombre alguno pudo escuchar. Sus risas se confundían con el sonido del agua que traía el canalillo a la alberca y con el sonido del viento al pasar entre las hojas de los almendros y los manzanos en flor.
Ahmad desde su puesto privilegiado, recordó otros tiempos y otros momentos de su propia existencia, bendiciendo a Allah, por haberle dado la dicha de poder contemplar con sus ojos las maravillas de la naturaleza y de la humanidad.
Cuando el sol, cercana ya la oscuridad, se ocultaba detrás de los montículos del Aljarafe, los dos jóvenes profundamente absortos en todo lo que no fuera sus caricias, seguían sentados al borde de la alberca, entregados a la mas dulce melodía de amor que ningún músico de Al-Andalus hubiese compuesto jamás. Y cuando las estrellas comenzaron a brillar en el firmamento se levantaron del borde del estanque y juntos desaparecieron como por encanto de la vista de Ahmad.
El alarife se restregó los ojos y creyó que todo había sido un sueño, los árboles, la alberca, las aves, los insectos, los dos jóvenes, un sueño enmedio de un jardín de Isbìliya.
Volvió de su ensoñación y mientras se dirigía a su casa, iba desgranando en sus labios el siguiente poema:
"Se diría que las dos almas
colocadas en el estanque
son los cuellos de dos jóvenes
pajes de exultante belleza.
Sus rayos el corazón de la ola,
marca un camino semejante al
del amor apasionado, que toma
la vía de mi corazón".
FIN

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