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LAS LEYENDAS ERÓTICAS ANDALUSIES

LEYEDAS, CUENTOS, VERDADES, RELATOS CORTOS.....

30 Diciembre 2007

CÂLIH AL-´SUNNA EL EMBRUJADO


Câlih no hablaba con nadie, era un ser callado y meditabundo, cuando él estaba de guardia en la muralla o en la Bury al-Dahab,[1] durante el día o en las noches estrelladas, extendía su mirada hacía el río o allá a las altas tierras del Aljarafe y simplemente suspiraba.

Sus compañeros de milicia le instaban constantemente para que se divirtiese, pero él no asistía a ninguna reunión. A veces venían a decirle que el sol se ocultaba en el cielo y él creía que aún no había despuntado la mañana.

Se diría que estaba ausente de la realidad de la vida y tenían razón, no vivía más que para el recuerdo de una figura etérea que una madrugada estando de guardia, vino a la orilla del Guad el Kebir a enseñarle lo que era el amor.

Câlih tendría unos veintidós años y toda su vida había intentado hacer lo mejor por los demás hasta que el Kaíd, lo enroló en la defensa del Qasr Al-Mubàrak[2]. Siempre había sido un joven juicioso y lleno de vida, pero desde la noche que aquella aparición le habló con palabras de miel junto al oído, dejó de sentirse alegre, para sólo pensar en la bella que dijo que lo amaba más que a las alondras de la mañana.

Cuando se preparaba para la oración los días de frío intenso, se quitaba toda la ropa y se bañaba concienzudamente en el rito de purificación, sin importarle nada de nadie y a pesar de ello, sudaba como si se encontrara en las termas. Al rezar, lanzaba tales gemidos y balbucía de tal forma que nadie podía comprender lo que decía.

Cuando no tenía que estar en el servicio que le habían encomendado pasaba la noche en la mezquita de Ibn Adabbas, en donde hacía meditación y escuchaba al recitador nocturno, pero todo ello ensimismado y sin dar señales de querer hablar con nadie, solamente los suspiros que salían de su boca era el único nexo con el exterior desde la referida noche.

Había salido Câlih por orden del Jaial[3], hasta el filo de la ribera, pues habían observado desde la muralla que una sombra se había deslizado hasta los cañizos y como no había peligro de ninguna invasión por aquellos días, no tuvo el adalid reparo en enviar a un hombre solo para comprobar de que se trataba; así lo hizo nuestro amigo recorriendo los pocos metros que le separaban de la muralla al río.

Cuando llegó al lugar no vió a nadie, miró arriba y abajo y no encontró nada, así que decidió volver sobre sus pasos y reincorporarse por el portillo abierto a su puesto habitual de observación, el adalid no le dió mayor importancia y creyó que entre las luces de la mañana y la noche, algunas matas de an-naya[4] al moverse con el viento habían provocado la duda, se despidió de su soldado y siguió su ronda para evitar que ninguno

de los que estaba a su mando se durmiese.

A la noche siguiente, estaba Câlih en su puesto de centinela, observando a la Kadmar[5], como se reflejaba en las aguas del río, cuando vió una silueta vestida de blanco que se deslizaba en dirección a la orilla y cogiendo su escudo y alfanje abrió el portillo que cuidaba y a paso rápido se dirigió donde estaba la silueta. Al llegar, le ocurrió como la noche anterior, no vió a nadie, miró a un lado y a otro y nada, pero cuando ya se disponía a volver, pensando que era un genio que cada anoche se reía de los centinelas, bajó la mirada y vió que encima de unos cañizos había una especie de túnica blanca depositada encima de los mismos.

Suavemente, se sentó al lado de la túnica y esperó a que el dueño o dueña de la prenda apareciese para recogerla, con lo que descubriría el misterio y podría informar a su superior.

Cuando llevaba un buen rato allí sentado sintió que el portillo de la muralla se cerraba fuertemente empujado por el viento y pensó en su mala suerte, pues todos creerían que había desertado de su puesto de vigía.

La primera intención que tuvo fué volver sobre sus pasos, pero en ese mismo momento alguien salía del agua reflejándose los rayos de la luna en el cuerpo y en la cabellera mojada y se quedó varado en lugar que estaba, pues se trataba de la más bella de las mujeres que jamás había visto en su vida. Era como una sílfide que salía de las profundidades del río.

-¿Que deseas soldado?- cantó la voz de aquella sirena.

-¿Quien eres bella dama?

-¡La luna hecha mujer!

-¡Así lo creo y así lo aseguraré por siempre y todos los días de mi vida!

-¿Me darías mi kaftán?

-¡Si te lo entrego dejaré de ver la luz en mitad de la noche!

-La luz la puedes tocar.

-¿Como?

-Desnúdate y ven a bañarte conmigo, hace mucho calor y me aburro sola.

Câlih se desnudó y suavemente se metió en el agua, sumergiéndose al lado de aquella aparición que tan sugerentemente le invitaba a nadar junto a ella.

La bella desconocida lo asió suavemente de la mano y lo atrajo hasta quedar juntos los cuerpos frente a frente dentro del líquido refrescante. Después ella, se elevó desde el fondo dando un pequeño salto y flotando lo suficiente como para quedar a horcajadas abrazadas sus piernas alrededor del cuerpo de Câlih y allí bajo la superficie del agua lo subió a las más altas cotas de felicidad, que mujer alguna hubiese llevado a ningún hombre. Fué la primera vez que conoció a una mujer y quedó tan prendado del maravilloso gesto de la desconocida que perdió la noción del tiempo y el lugar.

Se sintió cabalgar en un caballo blanco por las lomas del Aljarafe y sintió el viento azotándole en la cara, las gotas de agua que se le reflejaban con los rayos de la luna a la desconocida por su cara y su cabello, le parecieron a Câlih, una cascada de perlas de las ignotas profundidades del río.

El abrazo, que entre las aguas de la fecundidad, se dieron aquellos seres, hizo aumentar la corriente que siguió su curso camino del mar, arrastró junto a los peces la grandiosidad del amor surgido entre una sirena y un bello soldado del Qasr Al-Mubârak. Después de calmada la voluptuosidad de la bella, lo cogió de la mano y lo arrastró fuera de las aguas, quedando ambos tendidos en la fina hierba que la Mar^y Al-Fidda[6], extendía hasta el filo del Guad el Kebir.

Allí a la luz de la luna, le deslizó al oído los mas bellos poemas de amor que hombre alguno pudo escuchar, poseyéndolo suavemente y sintiendo como él se dejaba poseer, cerrando los ojos como si de una irrealidad se tratase. Los ensortijados cabellos de Câlih, negros como la endrina, brillaban con la humedad como las crines de cien caballos árabes recorriendo la vega que discurría junto al río.

A las primeras luces de la mañana, la figura que había poseído a Câlih, se deslizó suavemente entre los cañizos y se colocó su kaftán, dejándolo desnudo y dormido sobre la hierba.

Así de esta forma lo encontraron los soldados, cuando el sol calentaba al medio día, con los ojos abiertos y en éxtasis.

Y siempre volvía al río y dicen algunos que en las noches de luna llena se le oía entre los labios el siguiente cantar:

"El céfiro rasgó la túnica del río,

al volar sobre él y el rió se desbordó

de sus márgenes para perseguirle y tomar venganza.

Pero las palomas se rieron de él,

burlándose al abrigo de la espesura,

y el río, avergonzado, tornó a

meterse en su cauce y a ocultarse

en su velo."




[1]*Torre del Oro.

[2]*Alcazar.

[3]*Jefe subalterno.

[4]*Planta con tallos en forma de caña, cuyas hojas largas y estrechas, se utilizaban mucho para fabricar cestas, asientos, etc.

[5]* La luna.

[6]*Pradera de la Plata.


servido por hamed-ben-nafal-el-yaobli 1 comentario compártelo

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Stultifer

Stultifer dijo

Preciosa historia que han recuperado en un blog, que he encontrado, que he leido, me ha gustado...

5 Junio 2008 | 02:42 PM

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