. Si alguien conocía el Corán, este era Abûd, lo comprendía profundamente. Era una persona irreprochable, siempre decía la verdad, le importaba poco exponerse al peligro que fuese, siempre que prevaleciese la verdad. Abûd era de esa clase de personas que aunque fuese en su contra diría siempre con franqueza lo que había ocurrido. Una tarde al salir del Mozala[1], aspiró el aroma de las flores de los almendros que se extendían desde la puerta de Bàb Al-Faray[2] hasta las orillas del río, componiendo un oasis de frescor, allí se encaminó aquel árabe de oscura tez, de porte majestuoso, joven, de unos veinte años recién cumplidos y de una complexión delgada. Su mirada parecía que se extendía por los confines de los montículos del Aljarafe, deseando volar como aquel halcón que giraba en torno a su posible presa allá en las márgenes del Guad el Kebir. Abûd era hijo del Kaid y por lo tanto sabía que a su paso por la puerta que había dejado atrás, las espaldas de muchos se habían doblado en señal de pleitesía, pero no le preocupó demasiado, ya que era un joven sin asomo de orgullo y sencillo en sus maneras y forma de vivir. Había asistido a la Medersa[3] del Cairo, allá en Egipto y la filosofía había penetrado en todo su ser, comprendiendo los versículos del corán con tal claridad que no tenían para él secretos de ninguna clase. Su corazón de poeta se explayaba con la pantalla verde que enmedio de los almendros se extendía como si se tratase de una alfombra expuesta para el deleite de sus pies, cuando notó que al pie de un árbol todo cubierto con las niveas flores que llegaban hasta el suelo, ocultábase lo que podría ser una persona, pero sus ojos percibieron que no era solamente una, sino que eran dos las que estaban detrás del árbol, pero semitapadas por la hierba fresca y verde que casi llegaba hasta la mitad del tronco. Sigilosamente se fué acercando, como si de un felino se tratase y se sentó en tierra con las piernas cruzadas y el oído atento a lo que aquellas dos figuras que se ocultaban, decían: -Piensa, mi amado tesoro, que me tienes para el resto de la vida, para usarme como desees. Todos los caminos de mi cuerpo están a tu servicio. Cualquier cosa que quieras probar, pídemela y te la concederé. En sólo un momento estarás probando la miel de mis pechos y notarás que la flor de mi cuerpo te pertenece. Está bien que seas tímido y que yo te avergüence hablando de este modo, pero debes ser franco y si pudieses ser sincero contigo mismo tendrías todo este tesoro que te ofrezco. Deberás libar de mi fuente de vida y tus labios deberán besar mi sedoso vello antes de dormir para cuando despiertes con un desesperado anhelo sentir que tu cuerpo se enreda dentro del mío y conocer lo que de calor hay en mí. Así que deberías mirar el horno del Paraíso que es esta gloria que te ofrezco y podrás admitir cuánto te alegran todos los extraordinarios usos que podrás darme. -¡Oh mi amada Zaynab! sabes que te amaré hasta el fin de mis días, pero tienes que tener en cuenta que el Kaíd es muy poderoso y no tolerará que una de sus concubinas, lo desprecie de este modo. -¡El Kaíd es un ser perverso y se merece que le engañe con alguien como tú! -¡Pero nos iría la vida en ello! -¡Después de amarte nada me importa! Un silencio roto únicamente por el jadeo de los dos enamorados, hizo que Abûd se alzase sobre sus piernas y mirase entre las altas hierbas que envolvían el tronco del árbol. Allí se encontró con dos jóvenes de unos quince o dieciséis años que desnudos se entregaban con pasión y lujuria al deleite de sus propios cuerpos. Tan ensimismados estaban que no se percataron de que una persona les observaba con interés, separando las hierbas que les ocultaban. El besaba los muslos de la joven, mientras ella se retorcía de placer en la alfombra natural producida por la hierba, sirviéndoles de lecho sedoso para el contacto amoroso. Tanto miró Abûd, que comenzó a excitarse de tal manera que comenzó a sentirse transportado en los brazos de las huries del Paraíso, abandonándose en ellos y sintiendo al final la laxitud propia de las perdidas involuntarias. El azul del cielo se iba convirtiendo en turquesa, al igual que las gemas de los ojos de la concubina, que tan descaradamente estaba mancillando el honor de su amo y señor. Cuando ambos se incorporaron se dieron cuenta de que no estaban solos y que había alguien que los había estado observando. -¡Señor! ¿ Desde cuando estás ahí ?.- preguntó el joven. -Desde el principio. -Entonces.... -Si lo he visto y oído todo. Ambos se arrodillaron al notar, aunque en la casi oscuridad, que el que los había estado observando, llevaba en el turbante el distintivo de la casa real o por lo menos así les pareció. -Nada temáis, pero os aseguro que si el Kaíd, os hubiese visto o hubiese enviado a un espía a estas horas y antes de salir la luna los dos estaríais muertos. Pero no temáis nada de mi,iréis a vivir a mi casa, con lo que estaréis a salvo de cualquier persecusión que se lance contra vosotros, pues ya debéis saber que en el serrallo habrán dado la voz de alarma y estarán buscándola, en cuanto a ti veo que tus ropas son de zeis, seguramente al servicio del Kaíd, pues también te andarán buscando y a no tardar mucho darán contigo, así que vayámosno de este lugar. *********** Los tres siguieron un sendero que les llevó hasta la orilla del río y se acercaron a una chalupa que estaba amarrada a una estaca, se subieron en ella y remaron con fuerza hasta pasar a la otra orilla, allí desembarcaron. Después de andar un trecho llegaron a una ruzafa[4], pintada en color turquesa, como un pequeño palacio del oriente, Abûd abrió con una llave y ante los ojos de los enamorados surgió algo realmente de ensueño, al abrir sus puertas se entraba en una especie de pasillo que desembocaba en un patio blanco como la nieve abierto al cielo en donde ya se reflejaban los pálidos rayos de la luna, a ambos lados de aquel patio dos alhamís[5], al de la de la izquierda los dirigió Abûd, levantándoles la cortina de grueso esparto que impedía por el día el sol y dejando ver otra con mucha más riqueza que la primera, pues había sido tejida con las más exquisitas sedas de Al entrar les encedió dos candilas y la estancia se iluminó, dejando ver la decoración regia que había en aquel lugar, alfombras de Damasco, un diván al fondo y toda llena de almohadones, una pequeña mesa de exquisitos arabescos y lujo por cualquier parte que se mirase, en la pared del fondo un tapiz con la Kadmar[6] bordada en finos hilos de oro. Abûr, se convirtió en el protector de los pequeños amantes, aún más parecía su servidor, lo que ponía en situación de temor a los dos enamorados, pues nunca habían sido servidos por ningún señor de al parecer, tan alta alcurnia. -Señor ¿ cómo te agradeceríamos...?-balbuceó el joven lleno de temor. -¡A Allah, es al único que tenéis que agradecer!. -Pero no nos conoces de nada. -¡Ya os conoceré!- Y desapareció. Al rato apareció trayendo una bandeja con las más ricas viandas que jamás habían visto aquellos inocentes ojos y le instó a que comiesen lo que quisieran, una vez satisfechas sus necesidades más perentorias se sentaron y les dijo: -¿Jugaríais al juego de damas?[7] -¡Yo juego señor !- contestó el joven. -¿Tienes dinero? -Un Dinar[8]. -Bien, si tu ganas te daré cien dinars y serás rico, pero si pierdes.... -¿Que señor? -¿Me prometes que me pagaras con tu mejor tesoro? -¡Lo prometo por Allah! -¿ No te arrepentirás? -¡Jamás! -Acuérdate que el Libro Santo dice que si no pagas después de tu promesa eres reo de muerte. -¡Lo recordaré ! Comenzó el juego y el joven puso su moneda encima de la mesa de los preciosos arabescos y Abûd una bolsa con lo prometido. A la primera jugada el joven ganó la bolsa ofrecida por Abûd, pero este pidió la revancha y no tuvo mas remedio que aceptarla por ser el anfitrión el que lo solicitaba y hubiese significado una descortesía, así que continuó el juego. En la segunda quedaron en tablas, por lo que el joven pensó que sería muy fácil ganar aquella ansiada bolsa de oro y no pensó que el dueño de la ensoñadora ruzafa fuese un experto jugador. En la tercera, cuarta y quinta, Abûd exhibió sus magníficas dotes de jugador, aprendidas en los salones de El Cairo y una a una fueron cayendo las esperanzas del joven zeis, que al término de las quince jugadas fijadas como meta, se encontró sin su dinar de oro y debiendo la promesa oculta que le había arrancado Abûd antes de comenzar la partida. -¿Señor que tengo que pagar? -Ahora iremos a dormir mi joven amigo, tiempo habrá de cobrarme la deuda. Con estas palabras dejó al joven zeis en la incertidumbre y a la joven, que hasta ese momento se había mantenido al margen, desconcertada. Abûd atravesó el patio iluminado por la luna y fué a alojarse a la alhamí de enfrente. ********* Los dos amantes al verse solos y rodeados de tanta riqueza, se sintieron nuevamente transportados a los jardines del Eden y cansados por todos lo acontecimientos que en el día habían tenido se quedaron dormidos plácidamente. La joven comenzó a soñar, nada más cerrar su ojos, y en su sueño se encontró en una espaciosa estancia de donde entraban y salían continuamente gran número de esclavas y muchachos llevando fuentes llenas de copas y alcarrazas con refrescos, pasteles y dulces de mil clases. Ella y su amigo el zeis entraban por una puerta y volvían cada uno con una fuente conteniendo vasos colmados de agua de naranjas y de rosas, seguían a dos muchachos que les precedían, cruzaron aún dos o tres dependencias y corredores y finalmente por una puertecilla asomaron a un patio inmenso, lleno de risas y conversaciones. Al asomar a aquel patio, los dos jóvenes, quedaron como si sus pies se hubieran pegado a las baldosas del pavimento, sin poder avanzar ni un paso más, tal fué la impresión que les produjo la vista del aspecto incomparable que ofrecía el jardín principal de la mansión que estaban recorriendo. Creyeron que se hallaban transportados a algún país de ensueño y que por obra de un genio benéfico se les había introducido en un mágico palacio en el momento de celebrarse en él una de aquellas fiestas de la que todos hablaban en los cuentos. Y transcurrió mucho tiempo antes de que volvieran en sí de su estupor y se dieran de que aquello que veían no era una fantasía de su espíritu, sino que estaban realmente en un palacio encantado. Aparecía el patio iluminado por millares de lamparillas de color, dispuestas en guirnaldas que pendían de columna en columna bajo los arcos de sus cuatro galerías y a los reflejos de sus luces multicolores brillaban los blancos y jaspeados mármoles de las columnas, la policroma decoración de los muros, los abigarrados tonos de los alicatados y los metálicos azulejos de las cúpulas que se elevaban sobre los templetes. Fulgían el oro y la luz bajo las columnatas de maravilla y aquellas paredes más que de yesos y pinturas semejaban damascos bordados en sedas de infinitos colores. Formaban el jardín cuatro parterres separados entre sí por caminales de mármol por el centro, de los que corrían canalillos que partían de una fuente central de mármol rojo. En cada uno de los parterres se elevaban rosales y clavellinas y lirios y junquillos y entre ellos destacaban las redondas copas de los naranjos y de los limoneros; por las columnas trepaban los jazmines, las campanillas y las rosas. Entre las ramos de los árboles brillaban los resplandores de los vasitos de color y de extremo en extremo del patio, cruzándolo todo y formando en él como un toldo de aromas y de luz, se extendían guirnaldas de ramas y de flores de las que pendían diminutos vasos de leve cristal que lanzaban reflejos azules, amarillos y grana. Y sobre este estallido de luz y color, la luna, desde el cielo muy azul y constelado, lo envolvía todo en su pálida claridad de plata. Bullían las gentes en todo el patio, en el jardín, en las galerías, en las estancias aledañas, en los divanes, formando los invitados animados grupos que conversaban y reían. Las esclavas y los zeises transcurrían constantemente entre ellos sirviendo refrescos, licores, pasteles y almíbares. Estaban allí congregados todos los grandes caballeros de aquel reino de ensueño, estaban los caudillos de los ejércitos, los aulemas[9] de las medersas y los poetas de más fama. Allí se encontraban los jóvenes oficiales de la caballería de aquel sultán, abencerrajes, zegries, abenamares y benimerines, los que con las danzarinas y las recitadoras armaban mayor algazara en el jardín y en las galerías del patio sentados unos en alfombrillas y almohadones, en pie otros junto a las columnas y los naranjos, otros andando de acá para allá atisbando entre los grupos, hablando de guerras, de poesías y de amor con las danzarinas y con las esclavas. En el dintel de la puerta central de una sala con divanes, sobre un tablado cubierto de terciopelo, se hallaban los músicos; tocaban vihuelas, flautas, atabalillos, panderos y castañuelas; eran los más famosos músicos del Andalus y los sonidos que escapaban de sus instrumentos semejaban trinos de ruiseñor y murmullos de arroyo y susurros del viento en las ramas de los rosales. En las salas del Harém se ataviaban las bailarinas que tomaban parte en la fiesta. Todo este fasto y esplendor no llegaba a nada en comparación con la sala de los divanes en donde estaban los músicos, allí en trono de oro, estaba sentado Abûd, como dueño y señor de todo lo que le rodeaba. La joven llegó a su presencia y se quitó el velo que le cubría el rostro y sintiéndose la más elevada de las mujeres, comenzó a quitarse todas las sedas que cubrían su espléndido y bello cuerpo, ofreciéndose a Abûr en toda la plenitud de su juventud. Abûd por su parte se fué levantando lentamente del sillón de oro y se fué abriendo su túnica bordada en ricos hilos de plata, avanzó bajando los dos peldaños que le separan de la joven y ya desnudo en su totalidad como una estatua cincelada por los mejores artistas, poseyó a la que hacía la ofrenda encima de la alfombra de Persia que se extendía ante el trono de oro y engarzado con las magníficas piedras preciosas de las mas remotas regiones de la tierra. Estando gozando de la felicidad suprema que el Misericordioso ha dotado al hombre y a la mujer, en toda su plenitud, como un rayo apareció de detrás de una columna el joven zeis, que clavó una daga en la espalda de Abûd. La sangre comenzó a manar de aquella herida y se derramó por los canalillos del jardín transformándose el agua que antes fluía por ellos, en un río de sangre. Con un grito despertó la joven concubina de Kaíd. ********** Pasaron cinco días con sus cinco noches en aquella ruzafa, complaciendo a Abûd y el joven zeis preguntando constantemente por la deuda que tenía que pagar y siempre se posponía para mejor ocasión por el anfitrión. La concubina, danzaba para los dos hombres en una fiesta íntima en donde estos se deleitaban con sus cimbreantes movimientos y después se retiraba con su joven zeis a un rincón en donde se explayaban a sus anchas en los caminos del amor. Abûd, todo lo observaba con deleite, pues ellos, en su inocencia y juventud no ponían vetos a las miradas del dueño de la casa. Al quinto día después de comer por la noche y antes de que comenzase la zambra[10] a la que estaban acostumbrados, Abûd, les dijo: -Ya es hora de que pagues tu deuda. -Dime mi amigo ¿ cómo podré pagarte todo lo que haces conmigo? -Muy fácil, solamente tienes que permitir que tu compañera duerma esta noche en mi alhamí. Al oír aquellas palabras el zeis sintió que algo se le quebraba dentro de su corazón y las lágrimas se desbordaron de sus ojos, pero la promesa hecha le condicionó la posible protesta que pudiera efectuar. La joven clavó los ojos en el suelo y se cubrió con los velos para salir de la estancia y cruzar el patio de la vivienda, detrás Abûd la siguió para yacer con ella en su alhamí. Toda la noche el joven zeis, la pasó llorando por su amada y sintiendo lo inútil que había sido al exponerse con tan experto jugador y el pensar que no había concretado su deuda convenientemente, pero por otro lado no había tenido otra alternativa. Los rayos del sol encendían las buganvillas rojas del patio, cuando el zeis salió a él y miró las cortina echadas que cubrían la estancia de Abûd con su compañera y los celos hicieron mella en su ánimo; paseó como fiera enjaulada y el aguijón se le clavaba cada vez más y más dentro de su corazón, llegando a desearse la muerte por la desgracia que le había acontecido, ya que su amor por la concubina del Kaíd, era muy fuerte y había prendido en él desde el día que llego al pequeño palacio para ser encerrada en el serrallo, cuando aún era una niña de apenas catorce años. La habían traído de Malaka[11], como regalo para el Kaíd, pero este le dió muy poca importancia debido a su poca edad y delgada constitución, pues era hombre de otras querencias más exuberantes que las que la pobre niña ofrecía, la designó para ayudar a su favorita en el pequeño harém que poseía en su casa situada junto a Bab Karmùna[12]. Dos años hacía que se veían a escondidas, pero nunca habían tenido ocasión de hacer el amor como ellos deseaban. Aquella tarde el zeis consiguió la llave de la puerta trasera de la casa y llegándose al pequeño serrallo del Kaíd, cogió a Zainab de la mano y se escaparon para entregarse mutuamente a su loca fantasía debajo de aquel florido almendro en donde los encontró Abûb. Al mirar encima de un banco que había en el patio, vió una pequeña daga y por su mente cruzó la venganza, la cogió en sus manos y se dirigió al alhamí, donde estaban durmiendo aún Abûd y su amada, ¿ se cumpliría el sueño que tuvo la concubina ?.... pero algo le detuvo en el dintel de la puerta, su corazón saltó en el pecho alocadamente, cuando escuchó la voz de su amada a través de la cortina: -Pongo mi confianza en el Dios de la mañana. A fin de que me libre de los males que torturan a la humanidad. De las influencias maléficas de la luna, cuando está velada por sombrías nubes. De las asechanzas de los malvados que soplan en los nudos. Y de los malos designios del envidioso. Estas palabras las identificó el joven zeis como del capítulo El Alba del Libro Santo y pensó enseguida que su amada estaba a buen recaudo al lado de Abûr. Levantó la cortina y se encontró con la escena más bella que jamás hombre alguno pudiese contemplar, Zainab sentada a los pies de Abûd, recitándoles suras[13] del Korán. Ambos al verlo se levantaron y le abrazaron diciéndole Abûd: -Amigo tienes un tesoro en tu joven amada, no la desprecies nunca y te hará feliz por el resto de tus días, has de saber que toda la noche me ha ayudado a orar a Allah el Dios único y ha sido una revelación para mi encontrar tan bellas palabras en una mujer tan joven, pues su sabiduría sobrepasa las enseñanzas de los más avezados alfaquíes del Andalus. Se regocijó el joven zeis por las palabras de Abûd, arrepintiéndose de los malos pensamientos anteriores y dando gracias a Allah por haber hallado tan magnífico tesoro y abrazó a ambos. *********** Transcurrió el tiempo y allí en aquella ruzafa la vida cotidiana de los dos amantes discurría en plácida armonía, Abûd se ausentaba dejándoles la casa para que se la cuidaran y esto lo hacían con el mayor de los esmeros, pero las donaciones del cielo algunas veces no son completas y una tarde que esperaban el regreso de su protector, sintieron unos golpes en la puerta de entrada y Zainab acudió a abrir. ¡Allí frente a ella estaba el eunuco que le servía de mayordomo al Kaíd! -Cómo ¿ tú en esta casa ? Zainab no contestó. El zeis acudió al escuchar la voz y la sorpresa que se llevó no tuvo límites. -¡Después de muchos tiempo al fin os encuentro! ¡ Y en casa de mi joven señor! ¡ esto no traerá nada bueno !. -Perdón señor, no hemos hecho nada malo. -No soy yo el que tiene que perdonar, es nuestro señor el Kaíd, nuestro dueño el que debe impartir su justicia. ¿ Donde está Abûd Muhammad Ábdallâd mi joven señor ? -No sabemos, salió hace tres días y lo esperábamos hoy. -Bien, decidle que deberá ver a mi señor lo antes posible. Dicho esto se marchó quedando los jóvenes desolados y sobrecogidos. Cuando volvió Abûd, le pusieron al corriente de los acontecimientos y este decidió que los tres irían a ver al Kaíd. ************ Cuando llegaron a la casa del padre de Abûd, los jóvenes amantes sintieron temblar sus piernas y penetraron en ella temerosos de salir mal parados de la entrevista con el Kaíd. Se encontraba este en una estancia alta de la casa rodeado de sus esclavos y esposas, los cuales daban compañía a tan alto funcionario. Su hijo entró y le hizo la reverencia de rigor, y los dos jóvenes se arrodillaron en tierra suplicando su perdón.
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