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La Coctelera

LAS LEYENDAS ERÓTICAS ANDALUSIES

LEYEDAS, CUENTOS, VERDADES, RELATOS CORTOS.....

Categoría: LEYENDAS

8 Febrero 2008

La elegida del rey


-¡Hurí de los jardines del profeta! ¡ Aparición hermosa !...

¿ Eres el astro de la ventura y de los amores que se oculta entre los blancos rayos de la aurora?. Tú amas el silencio de la noche y los rayos de la luna que no ofenden tu tímida pupila. Pero el sol aparece ya entre velos de oro y púrpura y te alejas con la brisa del alba y tus últimos acentos se mezclan a los armoniosos suspiros que modulan entre el follaje.

-¡Jóven cantor! Tu mente divaga, yo soy la princesa Yasmîna, a quien acabas de sorprender en el harem. Reconozco tu voz por las canciones que has dejado bajo el ajimez de mi casa....pero debes temer la ira del rey. Tu cabeza peligra si te llegan a encontrar en este jardín, retiro de mi señor, dime ¿ Como has entrado ?, eso es peligroso.

-¡Por Allah! no me recuerdes peligros, cuando estoy vislumbrando a través de la celosía tu cintura cimbreante y tus brazos placenteros. Permíteme preguntarte, hija del placer, ¿ por qué abandonas tu lecho vuluptuoso antes de haber acudido el ruiseñor a la rama del árbol para despertarte con su canto ? ¿ has venido a traerme el aroma de la mañana o a escoger las nacientes flores símbolos de tu belleza ?

-Tu y tus palabras parecen brotar de un corazón apasionado, pero una ligera nube de tristeza empañan tu rostro ¿ Eres de los que ya han gustado el acíbar en la copa de la vida ?

-¡Jamás probé de esa copa!

-Pero ¿ no conservas alguna dulce memoria de tus pasados días, junto a alguna muchacha de tu pensamiento ?.

-¡Ninguna aparición será tan placentera como la que tengo delante y casi no distingo desde este jardín! y tú ¿ amas a alguien ?.

-El amor es para mi una de esas deliciosas ilusiones que se desvanecen en cuanto se tocan. Pero tú, cantor del amor y sus misteriosos placeres ¿ sientes acaso el imperio de esa pasión que pintas con expresiones tan dulces y seductoras ?.

-¿ Y eso me preguntas tú, la más bella de las huries ?. Allah me envía su inspiración para cantar los tesoros de su magnificencia y las maravillas de su mano creadora.

-Cantor, tu imaginación ardiente te entrega a la ilusión y el desvarío y crees hallarte bajo la influencia de un sueño. Y debes volver en ti y repetir en mi oído las palabras de armonía y pasión que has pronunciado en tu desvarío, para ello sube hasta el ajimez y entra en mi alcoba para que el amor anide en nuestros cuerpos y en nuestras almas.

El poeta-cantor no se hizo rogar y de un salto, sujetándose en los troncos de la buganvilla, penetró a donde se le indicaba.

-Doy gracias a Allah por haberme dado en ti al ángel de mi esperanza. Ya veo brillar tus negros ojos a la luz de las primeras luces del alba, pero aparta por un instante, las sedas que envuelven tus dulces formas y déjame acariciar tus cálidos senos envueltos en el perfume del jazmín. Déjame beber del fuego del amor que relumbran tus ojos, que tímidos se esconden tras la espesas pestañas, como los luceros de la oscuridad de la noche.

-Te miro a mis pies, jóven cantor...¡Oh! !que impresión tan profunda causa en mi corazón la inefable ternura con que tus miradas buscan las mías! ¡ Y que vaga expresión de tristeza reemplaza a la sonrisa de mis labios!.

-Yasmîna, tus labios aparecen húmedos y brillantes, como el clavel purpúreo que acaba de recoger las gotas del rocío. Un irresistible impulso me atrae a tu seno y tiemblo a tu lado como la leve hoja al soplo del aura. Mi alma se siente desprender del cuerpo para ir a vivir en tu corazón.

-¿ Tu me amas cantor ?

-Si, te amo como a una flor, como al sonoro murmullo de una fuente, como a la ideal imagen de mi felicidad. ¡Acaríciame con tus manos mi cintura y mi espalda y sentirás dentro de mis venas estremecerce la sangre con el fuego que en ella provocas. El mundo entero desaparece ante este sueño de felicidad.

-Yo también te amo.

Ambos cayeron con laxitud encima de los almohadones plenos de felicidad.

-¡Cantor vuelve en ti....huye....sálvate !. Escucho los pasos de los eunucos y de los jardineros sobre el pavimento de mármol de los pasillos... Si permaneces un instante más, estaremos perdidos.

Con la agilidad de los años jóvenes el cantor nocturno desapareció por el ajimez y de un salto se encaramó a la muralla desde donde lanzó un beso con la punta de los dedos de su mano a la bella Yasmîna.

*************

-¡ Buen anciano, depositario de los secretos de Allah y de los tesoros de la sabiduría !, quisiera me dieses un consejo, pues estoy en la oscuridad.

-¿ Tienes alguna pena mi joven amigo Abû-Abdallâh ?

-Toda la negrura de la noche se me ha venido encima después de que hace dos lunas conocí a una hurí del cielo que me dejó su flor entre los labios y después de aquella noche no la he vuelto a encontrar, a pesar de haber estado en el mismo sitio y a la misma hora.

-Mi joven Emir, Allah se dignará manifestarte para su gloria y el premio debido a tus virtudes y a tu laboriosidad en el camino de la salvación. ¡ Loado sea el Señor cuyo imperio es eterno y siempre glorioso !, en tu corta edad has adquirido gran caudal de conocimientos y has encontrado el arte de calmar las tumultuosas agitaciones de tu corazón ardiente con las suaves melodías de tu lira. Pero dime, excelso príncipe ¿ Cual es la hurí que así te ha perturbado ? que yo iré a visitarle y ganarla para ti. ¿ cual es el secreto que se oculta en los pliegues de tu corazón?.

-Por tus labios hablan la dulzura y la verdad del espíritu de la eternidad y de la clemencia infinita. Creo mi deber descubrirte una herida recién abierta en mi alma, y que me parece incurable. El bálsamo de tu sabiduría es consolador y poderoso, pero mi mal es demasiado grave y profundo.

-Tal vez son exagerados tus temores.

-Mi mal tiene una de aquellas causas que aunque sean conocidas, no por eso están al alcance del que pretende examinarlas o medirlas.

-Te escucho pues.

-Arrobado en dulce éxtasis, me adormecí tocando mi lira en la Mary-Al-Fidda[1], y cuando abrí mis ojos pude observar que una buganvilla trepaba por el muro del Qasr-Al-Mubàrak y sin pensarlo dos veces trepé por ella hasta saltar aun bello jardín de pequeñas proporciones a donde daba un ajimez entre el espeso follaje y que los frondosos arbustos le formaban un pabellón escamoteándolo de las miradas, allí me inspiré y los ecos de mi música atrajeron a aquel lugar a la más bella hurí del cielo que jamás mortal alguno vió, pues no podía ser de otra forma, me embriagó el perfume de las rosas que subía en espirales para embalsamar el ambiente que yo respiraba. Estando en esta situación se me mostró la aparición leve y misteriosa, que parecía envuelta entre los rayos del sol naciente y los últimos reflejos de la luna. Cambié con ella unas palabras de inefable pasión y de pronto me hallé en los brazos de mi bella hurí, que abrasaba mis ojos con el fuego de sus pupilas y que apartó sus velos de su figura para que pudiese contemplar y saciarme de su cuerpo y de su alma. Con profundo y vivo sentimiento de amor estrechaba contra el mío su mórbido seno y allí el río de mi vida se lo entregué sin pensar en nada más que no fuese amarla para la eternidad.

Cuando más deleite tenía en la complacencia y sopor de mi sueño reparador, me despertó y en unos instantes todo había desaparecido y me encontré al pie de un sombrío torreón cercado de zarzales, oyendo el agudo silbido del viento que azotaba las peladas cimas de algunas palmeras y cipreses, que se elevaban a través de los muros y torres de Al-Mubârak.

-¡Hermosa aventura has vivido! Pero ¿ No conservas algún recuerdo?

-Los sueños no tienen enlace alguno con la realidad.

-Tu alma, es una planta fecunda y generosa que con el rocío de la poesía ha florecido sobre los campos del pensamiento.

-¡Que el cielo te bendiga ! ¡ gloria eterna al poderoso Allah !, una palabra que es como un emblema de felicidad de mi alma, has despertado en mi memoria. El nombre que la dulce voz de mi hurí repitió a mi oído es Yasmîna.

-¡ Yasmîna !.. ¿ Ese era su nombre ?...¡Ah! pienso hallar, hijo mío, una verdad entre tantas confusiones; creo adivinar el misterio que un impenetrable velo ocultaba. Más siempre es peligroso tocar la realidad. Yasmîna, es el nombre una preciosa doncella, hija de uno de los más poderosos príncipes del Africa, prometida esposa de nuestro rey, y el palacio cuyos jardines has visitado es el particular, en donde ella aguarda, mientras se hacen los preparativos para celebrar la boda con la magnificencia digna de nuestro muy excelso monarca, el día de unión tan feliz.

-¡Una de las muchas huríes destinada al placer del rey !... No, no puede ser la bella de mis sueños, no es de la tierra aquella celestial hermosura de su rostro, ni las beldades de cuantos países he visitado, han podido como ella dominar mi espíritu y cautivar mi corazón. Esa hurí pertenece al paraíso del Profeta; es una de las doncellas inmortales que mezclan sus voces armoniosas en los celestes conciertos y los cánticos que entona el ángel.

-¡ Tu la amas y por lo tanto debes renunciar a la dulce esperanza de volverla a ver !.

-No. Es mayor el peligro que lo que tu imaginas, sabio imám, mi anhelo es juntarme con ella en el paraíso para siempre.

-La crees una hurí de las mansiones de la eterna dicha...La barrera de la muerte te separa pues de ella. Más eres jóven y debes vivir.

-La vida daría por ella.

-De todos modos la arriesgas... Pero si sabes ser prudente, tal vez tu valor y la ventura de tu destino te deparen la felicidad que anhelas, antes que la mano irresistible del ángel de la muerte te arrebate a las moradas eternas de la otra vida ¿ Me prometes bajo inviolable y sagrado juramento observar la mayor cautela y discreción para no comprometer tu cabeza y la mía ?.

-¡Por Allah que lee en los corazones y por su Profeta!.

-Descansa entonces y reflexiona mientras dispongo los medios para que la vuelvas a ver. El afecto que me inspiras me fuerza a cometer un gran yerro; pero es preciso, ¡Allah sea sobre todo!.

**********

Bajo las galerías soportadas por las columnas de piedra, sombreadas por los laureles y naranjos, que prestaban la frescura a las fuentes de alabastro, la princesa Yasmîna, paseaba silenciosamente en una tarde primavera, tarde de paz y concor de la Isbiliya Islámica.

Absorta en profunda meditación, su mirada, que no se fijaba en nada de cuanto la rodeaba, parecía concentrase en su interior, para contemplar alguna imagen errante de su fantasía y sus manos se osaban a veces en el corazón, cuyos violentos latidos se manifestaban en las ondulaciones de su seno, aún a través del oro, sedas y perlas que forman su adorno. De vez en cuando aquellas miradas, melancólicas, se dirigían a uno de los arcos que daban entrada a aquel recinto, sostenido por dobles columnas de prodigiosa esbeltez y sutileza y desde donde arrancaba una bóveda y galería de verde follaje que comunicaba con los jardines de Al-Mubàrak.

La perfumada brisa de la tarde parecía traerle noticias de su amado, pero no llegaba el momento esperado, a pesar de su impaciencia.

En uno de sus paseos, observó como las ramas de un jazmín se movían lentamente y la mano esperada y amada se abrió paso por entre la hojarasca.

En unos instantes el esperado amante de sus anhelos estaba junto a ella, confundiéndose ambos en un abrazo interminable, después se retiraron a un lugar apartado y a cubierto de la vista de todos los que pudiesen pasar, allá en una pequeña rotonda, cubierta de rosales, naranjos y jazmines, donde el perfume se confundía con los aromas de la bella Yasmîna.

-Dime, ¿ qué lazos te unen a esta tierra ? porque la hurí de mis sueños, no puede ser la esposa destinada a brindar sus placeres al soberano que compra su amor y paga sus caricias al precio de favores y bienes terrenales. ¡ Huyamos juntos !.

-Joven cantor: cuando mi corazón te ama ¿ temes que prefiera las caricias de mi señor a las del hombre que quiero más que a mi vida ? ¿ A qué pensar mas que en nuestra dicha, en la dicha que en este instante disfrutamos y que mañana tal vez nos negará la suerte?.

-Tú eres una mujer de corazón ardiente y harto sensible a las emociones del amor, y cedes a tus impetuosas pasiones. Para tí la vida es el día de hoy, y mañana darás al olvido. Pero mi cariño es eterno y digno de todo un objeto celeste e inmortal, cuya belleza nunca pueda contemplar marchita en mis brazos, y cuyo amor sea un manantial inagotable de ternura y amorosas delicias. ¡ Por Allah ! dime ¿ quien eres ?.

-Me llenas de confusión y me haces temblar y sobresaltarme. Yo soy la princesa Yasmîna, hija del ilustre varón que rige el emirato de Sus y debo celebrar mi enlace con el rey. ¿ Pero amándote con tantos riesgos, tu ingratitud no estima mi sacrificio? Aunque con peligro de mi vida ¡ no puedo decidirme a huir contigo a algún lejano país donde el amor nos haga felices!.

-No, Yasmîna, el fuego de tus pasiones es una llama fugaz que pronto se apaga y desaparece. El ensueño ideal de mi imaginación no está sujeto a esas debilidades y miserias ¡Allah te guarde!.

Y diciendo esto, el príncipe Abû-Abdallâh, como asaltado por un repentino vértigo, desató sus brazos de la voluptuosa cintura de Yasmîna y con la vista extraviada y arrebatado el paso se alejó de allí, desapareciendo por la bóveda de los laureles.

El golpe que dió a Yasmîna fué mortal.

La ingenua y apasionada africana le había estrechado en sus brazos con toda la franqueza y efusión de su carácter y de su amor, y al abandonarla el jóven emir, sintió vacilar la tierra bajo sus pies. Pero sostenida por las fuerzas de la fiebre y herida en lo más vivo de su amor y de su orgullo, reprimió las lágrimas dentro de sus ojos, que lanzaron una luz siniestra. Apoyando el rostro sobre las manos en el borde de un estanque inmediato, cuyas orillas adornaban boj y arrayanes, sus miradas se dirigieron maquinalmente al fondo de la cristalina corriente donde se retrataba su bellísimo semblante. De repente levantándose exclamó:

-¿ No soy lo bastante hermosa para merecer el afecto del hombre que he amado y a quien por efecto de esa pasión insensata he elevado hasta mi, princesa y futura esposa del rey?. Tal vez mi venganza le haga arrepentir de su yerro.

Sintiéronse pasos en derredor y apareció la figura majestuosa del rey de Isbiliya.

Al observar la presencia de Yasmîna, pareció animarse su energía y varonil fisonomía y acercándose, con voz apasionada le dijo:

-Hermosa Yasmîna, el día de nuestro unión se aproxima. Tu serás mi reina favorita y los príncipes de nuestro tálamo se sentaran en mi trono. En este lugar de delicias goza y disfruta a placer de tu libertad en tanto que llegue la hora de elevarte al honor y felicidad que tu mereces. Mas ven un instante conmigo y te haré ver el lujo que he ordenado desplegar en las moradas que han de encantar nuestros amores.

Yasmîna, le dirigió una mirada de benevolencia y una sonrisa asomó a sus labios y el rey quedó prendado de su belleza y de la dulce expresión de sus ojos seductores.

*********

La gracia del rey se había extendido sobre la princesa Yasmîna y su corazón generoso le había concedido su predilección.

El rey de Isbiliya se durmió bajo las alas de la paloma de la hermosura y doblegó su altiva cabeza bajo el yugo del amor.

Fiestas, zambras[2], regalos, todo cuanto pudiese halagarla, empleó además el rey toda la ternura de su corazón. Las gracias reunidas de todas las mujeres de su harem, no tenían el encanto para él que una sola sonrisa de Yasmîna. Pero la herida recién abierta en el corazón de la hermosa doncella, no había podido cerrarse tan pronto, y el despecho y el orgullo era el motivo por el que aceptaba todos aquellos ofrecimientos. Ella hubiese querido ver al jóven príncipe, a quien sin embargo no conocía sino por un mero cantor, rendido y humillado a sus pies, pero con el corazón rebosante aún de amor y besarle las manos de la que en su ingratitud había antes despreciado.

La conducta del príncipe le pareció un tanto extraña al sabio y anciano imám, que llegó a pensar que el jóven era preso de algún delirio.

El aguijón de los celos le había herido el alma, y aun cuando no se lo quisiera confesar a si propio, no podía menos que sentir que la jóven beldad concediese sus favores al rey y esto llevó a la prueba evidente que le amaba todavía. Pero el amor es de tal naturaleza que en su egoísmo se ofende a la menor muestra de interés que a otro objeto se dirija por el que amamos.

Pero Yasmîna por más que lo procuraba no podía ser ya indiferente a los recuerdos del abrazo y a la cintura ardiente de Abû, a aquel calor de su cuerpo fuerte y musculoso y a la fuerza de aquellos muslos de columnas de jaspe.

Abû-Abdallâh, arrastrado a pesar suyo por el amor y deseando estar cerca de Yasmîna, ya que después de lo pasado no osase llegar hasta ella, solía pasear solitario al pie de los torreones que rodeaban Al-Mubàrak. Desde allí, a través de los almenados muros, buscaban con los ojos el alminar del palacio, templetas, mezquitas y demás edificios encerrados en aquel delicioso recinto y que descollando sobre los floridos vergeles, semejaban las blancas velas de mil navíos sobre un mar de verdor.

Cierto día más abatido que de costumbre Abû, contemplase aquel pintoresco paisaje, recostado sobre la verde alfombra de la Mary-Al-Fidda, el alfaquí se acercó al príncipe y con la punta de su báculo le hizo volver de su distracción.

-Tu edad no es la del reposo y el descanso: es la obrar y preparar el porvenir. Los yerros de la primera edad de la vida, no por ser menos meditados son de menor peligro. Sé el dolor que padeces, y sé tambien que mis reflexiones y consejos son inútiles para convencer un entendimiento que no alumbra la razón. Además, tu corazón no se puede medir por el de los demás hombres; tu alma 172

privilegiada y poética te aparta de ellos y vives en el mundo que te ha creado tu noble inteligencia. No debo reconvenirte, no debo ahogar los gérmenes de sublime inspiración que brotan de tu mente. ¿ Qué valen los consejos, qué el desengaño anticipado con anunciarle, para un corazón jóven e inocente, que solo ambiciona gozar la felicidad y pureza de sus primeros días: días cuya serenidad debe acaso terminar prontamente o reflejarse después como un inefable y delicioso recuerdo sobre el porvenir.

-Mi corazón ya no disfruta de esa calma y esa serenidad.

-Escúchame, pues: vengo a traerte una importante nueva. No te es desconocido que el rey, a quien Allah confirió el poder y la dominación de su pueblo, se ha apartado de sus santos caminos y se ha entregado a lúbricos placeres, en apariencia al menos consume a los pies de su favorita las horas en que debía velar por la salvación de sus dominios. Un poderoso ejército de los cristianos han invadido las fronteras de nuestro país, han hecho cautivas mujeres y niños, quemando las mieses y talando nuestros campos, como el viento abrasado que sale de la boca de Allah. La espada del Islam, se desprende de las manos de este monarca corrompido y a quien Allah niega en castigo de sus deseos su sublime protección. Sé tú el apoyo de Isbiliya y el fiel defensor de la ley de Allah y su Profeta y podrás pedirle cualquier cosa incluida a su favorita.

-Si...necesito hacer algo.... y en arroyos de sangre infiel apagaré acaso la fiebre que me devora. Dispón lo que quieras, buen alfaquí, todo me es indiferente y quiero aguardar el porvenir sin preveerlo.

-Bien- entonces espera, voy a hablar al rey.

Permaneció el príncipe después que se retiró el imán, absorto y confundido en el caos de un millón de ideas que cruzaban en su mente y sin que le arrancara de su meditación el murmullo que iba creciendo sucesivamente hasta convertirse en espantoso tumulto, causado por el inmenso gentío del pueblo que se iban agrupando con ademanes hostiles en las puertas del palacio del rey. Mirábase brillar bajo los albornoces, almaizares y alquiceles las relucientes hojas de los alfanges, las cimitarras y los jacos y algunos ya se sacaban, ya ocultaban los afilados puñales en las mangas de sus aljubas. Tambien se veían judíos que iban repartiendo monedas de oro entre los grupos del populacho, del cual salían luego mil estentóreas voces que gritaba.

-¡Caigan las cabezas de los traidores y enemigos del Korán!

-¡Mueran todos los que hacen alianza con infieles!.

-¡Allah los condena a su execración y a nuestra venganza!

Entonces apareció el viejo imám acompañado de algunos wazires, emires, xeques y otros caballeros de la corte del rey y escoltado por una corte de eunucos y negros armados. Llamó junto a sí al joven emir Abû-Abdallâh y dirigiéndose al pueblo con severo ademán, le hablo así:

el rey clemente y magnánimo, se halla impedido por el grave estado de su salud para mandar y dirigir el ejército. En su lugar desea compartir la gloria y el honor del combate con vosotros y a vuestro frente, el hijo del príncipe de los fieles nuestro hermano en el oriente, el excelso descendiente de la estirpe de Mohammed , el emir Abû-Abdallâh, príncipe generoso y león fuerte,delicia de los hombres que gozan su presencia y a quien Allah entrega la espada del Islam para que en su mano vencedora se tiña con la sangre de los infieles. La mano liberal del Señor derrama sobre él y en todos sus hijos de salvación los tesoros de la misericordia.

Muchos fueron los murmullos de aprobación y prolongados vivas resonaron al terminar el anciano alfaquí su arenga. Y él y Abû fueron llevados en triunfo hasta las afuera de la ciudad donde escuadrones lucidos y bien ordenados de musulmanes solo aguardaban la llegada de su caudillo para marchar a la guerra. Luego que el Emir Abû-Abdallâh partió con su hueste, el imán dijo a los wicires y cortesanos que le acompañaban:

-Venid a la casa de la oración para implorar la ayuda de Allah en favor de nuestros hermanos, que van a verter la sangre por su fe. Allí se eleva el mihrad, donde a la voz del muedzin acudirá la corte del rey a invocar al poderoso.

************

En un extremo de Al-Mubàrak, una sombra se desliza entre los cipreses y palmeras, en cuyo ramaje penetran con dificultad los rayos del sol naciente, al mismo tiempo que estos iluminan el rostro blanco y sereno de un venerable anciano, que asoma entre las columnas del templete, donde ha asistido a la salá. Es el imán, que acude a aquel santuario para suplicar a Allah que le conceda el don de la victoria al príncipe Abûd, a quien le ha sido confiada la espada del Islam y el mando del ejército de los creyentes.

El imám se dirigió hacia una sombra que se movía entre los cipreses.

-Flor de la mañana: no es la sombra de los cipreses la que debe cobijar tu naciente hermosura.

La princesa Yasmîna, pues era ella, se hallaba tan profundamente distraída en aquel momento, que solo el murmullo de las palabras del imám llegó a su oído.

-¿Quién sigue mis pasos? preguntó en un tono de voz entre altivo e impaciente.

-Quien te ha visto suspirar y afligirte durante la ausencia del que debía ser el encanto de tu vida y quien puede ofrecerte los consuelos de la misericordia de Allah.

-Perdona, ¡oh buen anciano!, nunca creí ofenderte, mas puesto que sabes o adivinas mi dolor, no creo que puedan caber en tí la indiscreción o la imprudencia. Yo padezco...¡no preguntes el por qué !.

-¡Por Allah que es sabio en todas las cosas ! yo respeto tu dolor y tus secretos y te suplico me perdones si mi presencia ha acrecentado tu pesar.

-Nada tengo que perdonarte, alfaquí. Busco la soledad porque en ella puedo dar rienda suelta al llanto que oprime mis ojos.

-¡Allah acbar![3], exclamó el imám- ¡el calmará tus angustias!.

-Bendigo tus saludables consejos y los reclamo para mi tristeza. Tu sabiduría es cual de Allah, muy grande.

-No blasfemes, hija mía.

Y como Yasmîna callase, cubierto su semblante de rubor y tristeza, el imán continuó:

-Y sin embargo los pesares que marchitan las flores de una juventud tan pura, no pueden ser otros que los primeros y misteriosos impulsos del amor. Si tu tristeza cuenta con el origen que imagino y me revelas todo tu secreto, yo te juro por la verdad de Allah, que respetaré tus amorosos misterios y los ocultaré en mi corazón como en un sepulcro.

-Y yo me fío de tu lealtad. Pero quiero que sepas que son desventuras de amor las que afligen mi existencia. Mas ignoro hasta el nombre de quien me ha inspirado ese cariño. el traje con que se presentó a mi vista era el humilde de un peregrino, pero su gallardía y su corazón me han revelado un hijo de sangre del mismísimo Profeta.

-Y no te ha engañado tu instinto de mujer. Es un emir y su nombre que ignoras es el de Abû-Abdallâh. Reúne las prendas más sublimes del ingenio, la fortaleza del león y la altiva majestad del águila. nacido bajo el ardiente sol de Asia y de la estirpe de los ilustres califas, su alma noble y su brazo generoso le han conducido a buscar aventuras y empresas aquí en Isbiliya.

-Así mereció mi amor desde el principio y el corazón no me engañó al concebir por él tan violenta pasión.

-Es que su alma ardiente le había transportado a las regiones de la fantasía. Después reconocido su error mas desesperado de verte entregada al amor del rey, ha corrido a buscar la muerte en la guerra.

Los ojos de Yasmîna lanzaron un rayo de amor, pero luego se eclipsaron como si pasara sobre ellos una nube repentina de dolory con acento de inexplicable angustia preguntó al imám.

-¿Y ha llegado quizás esa hora funesta que tu esperabas para anunciarme su afecto?.

-No, hija mía.

Al oír estas palabras la princesa pasó de las tinieblas a la luz.

-¡Ah! ¡ si aún vive, si aún vive!- dijo al imám con ardor- si vive cuando le halles le dices que si miré por un momento al rey fué para que deseé darle celos al ingrato que tanto me ama, pero que no confió en mi, pero dile que el rey aún no me ha hecho su esposa. ¡ Nunca seré la esposa del rey ! ¡ antes muerta!.

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26 Enero 2008

¡EL BELLO ES ESTAR TENDIDO!


Cuentan que en un blanco pueblo del Aljarafe sevillano vivíó en tiempos un hombre llamado Julio.

No era mal hombre y aún tenía principios; pero es lo que él decía: " Para no gastarlos, convenía limitar su empleo", y en las limitaciones llegaba hasta lo infinito.

Desde la mañana comenzaba a abstenerse de toda clase de trabajo y no hacía el más pequeño movimiento. Se alegraba de conocer a fondo la manera de pecar de los humanos y como sus escrúpulos encontraban siempre materia punible en cualquier acto, de tanto abstenerse llegó a la inmovilidad total.

A veces sintió la necesidad de trabajar cuando joven, ¡aún se acordaba y le daban escalofríos!, se dió una vuelta por la plaza del pueblo para ver si enfrentaba su futuro con valentía, pero siempre vió que para hacer cualquier trabajo había de alguna manera que engañar a alguien, y como sus escrúpulos de conciencia no se lo permitían, ya que era un buen creyente, se volvió a su casa y se recostó en su cama, bendiciendo a Dios, por haberle quitado de su cabeza tan malos pensamientos. Así que recogió los restos de su atrofiada energía y sacó ánimos suficientes para resistir a tan absurdo impulso. Y es que Julio, era temeroso de Dios, de alma simple y pecata y en cualquier hecho insólito encontraba una adversidad de la voluntad divina.

Por lo demás eran tan largo de cuerpo que sus pies se salían de la cama que usaba para sus pensamientos, siempre tendido mirando al raso. Su barriga fue creciendo al par que su estatura, cuando mayor fué el mozo más alto y el más famoso holgazán de todo el pueblo.

¿ Es que estaba en sus manos luchar contra los designios de la Providencia?.

Si Dios le había dotado de tan descomunal estatura y era inútil oponerse, aquella su tendencia a la inmovilidad que había nacido con él, debía ser igualmente respetada, y así permanecía sentado en su sillón o tendido sobre la colchoneta de su cama.

Ninguna de las dos posturas le disgustaba, le parecía muy en orden y de acuerdo con el famoso dicho popular: "Mas vale estar sentado que de pie, mejor tendido que sentado, mejor muerto que tendido ". Y esta era la filosofía que propugnaba.

Sus padres ante la inactividad del hijo, le buscaron una buena esposa y el casamiento se celebró sin que Julio moviese un dedo para arreglar algún documento ni que levantase sus posaderas del asiento de un rico taburete en la iglesia, pues aplicó su máxima y se dijo "mejor sentado que de pie".

Pero el organismo humano no entiende de filosofías y al cabo de cierto tiempo, como a la esposa se le acababa la paciencia de esperar, para ver si se esforzaba en mover su anatomía para cumplir con el deber marital, sintió la llamada del amor en plena noche y requirió a su esposo para que apagara la sed que la abrasaba, pero esto significaría un movimiento nuevo para el esposo y no cumplió como debía cumplir, así que ella se sintió defraudada y con más necesidades que al principio y como las faltas hay que cubrirlas, ante la pasividad del esposo se trajo a su lecho a un amigo de Julio de muy buen ver y que la safisfacía en toda plenitud, y observándolos Julio desde su puesto privilegiado en el sillón le daba gracias a Dios por haberle dispensado de este nuevo esfuerzo.

El organismo de Julio, al cabo de cierto tiempo, como se le incrustaba al asiento en su parte trasera al estar sentado y le resultaba una mortificación inaguantable, temeroso de Dios y alma simple, dedujo que aquello era un aviso del cielo y ya en adelante siempre estuvo tendido.

Después de todo, la voz del pueblo es la voz de Dios, y si el refrán anunciado establecía aquellos grados de superoridad, de Dios debía emanar, sólo El es sabedor, y había que resignarse dejando crecer la pereza y esta crecíale como la marea ganando la costa y su hacienda menguaba como la playa desaparece bajo las aguas que suben, ya que cada cierto tiempo su esposa tenía un nuevo hijo, sin que Julio hubiese hecho nada por traerlos al mundo pues confiaba en la fuerza de su amigo.

Pero ante esta inactividad llegó el día en que ya no pudo sostener su casa y no tenía nadie que le ganara el sustento y se lo llevara a la boca, otras muchas tenía para para alimentar y por fin se agotaron todos los recursos y las buenas maneras de su esposa, la cual tuvo que prescindir del amigo de su marido y padre de toda la prole.

Entonces recordó la última parte de su proverbio favorito, aquella que le costaba más trabajo aceptar:" mejor se está muerto que tendido".

Se resignó e hizo llamar a su esposa y amistades para rogarles que le enterrasen, porque el no se encontraba con ganas de mover ni un sólo dedo.

Lágrimas, reconvenciones, nada hizo mella en la decisión de Julio de forma que esposa y amigos acabaron por colocarle en un coche y organizaron el cortejo fúnebre.

Camino del cementerio enderezaba sus pasos la comitiva cuando al desembocar de una calleja un respetable señor, se dió de manos a boca con el cortejo y como notara que se movía el presunto cadáver, acercóse y tocó los pies que pendían por la excesiva estatura de Julio. El muerto-vivo sintió cosquillas y encogió las piernas, y allí fué el asombro y las exclamaciones del buen hombre al ver infrigir la ley de Dios, enterrando a un vivo. En vano trataron de convencerle; él a todo contestaba que no pasaría por semejante locura y dirigiéndose, por fin, a Julio, le dijo:

-Levántate, hombre, que si por falta de cariño rehuyes vivir, yo te daré amparo.

-Señor mio, carezco de mantenimiento y de energía para ganarlo, incluso mis hijos deben su procedencia a otro.

-Yo te daré comida en abundancia.

-Pero ¿ Quien la traerá a mi alcance ?.

-Te la enviaré hasta tu casa.

-¿ Y quién me la llevará a la boca ?..

-No digas más, tu tienes razón, ¡ estás muerto ! ¡ que te entierren !


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20 Enero 2008

AMANTES DESDE EL FONDAK

AMANTES DESDE EL FONDAK

Era el año 1228 cuando en un dorado atardecer bajó en la ribera del Guad el Kebir[1] ante Bury al-Dahab[2] ,Alí-ben-Iusef.

Saltó del barco alegre y en el arenal, vuelto el rostro a Oriente, inclinó su cuerpo invocando el nombre de Allah y el del glorioso Profeta, luego permaneció absorto, como en éxtasis, contemplando la torre de la Mezquita, en donde se reflejaba el sol de poniente.

Pasados unos instantes, oyó voces que pronunciaban su nombre y sólo entonces advirtió que la lancha que le condujera se alejaba rápidamente con dirección a la otra orilla y los que la manejaban eran los que le despedían deseándole la paz a voces que vibraban en el espacio sobre el murmullo de las pequeñas olas producidas por la embarcación y que morían en la ribera del río.

Alí alzó sus brazos y muy lento los echó al aire, luego puso sus manos a modo de bocina y dijo:

-¡Allah os proteja! ¡ que tengáis Paz!.

Ya la lancha había llegado a la otra orilla, cuando Alí decidió ponerse en marcha y dirigirse al centro de la población, allá junto a la torre de la mezquita.

Por el camino y entrando por el Postigo de la Sikka (casa de la moneda), junto a la pradera Mary Al-Fidda[3], Alí fue reflexionando y pensando en todas las alegrías y las penas, que habían constituido hasta entonces su vivir.

Una a una fueron llegando las imágenes a su cerebro, como si las escenas las estuviese viviendo en esos momentos.

Fué primero la blanca casa del Maghreb[4] ,la casa de su padre, rico comerciante en especias. La veía tal cual era, donde nació; las estancias amplias, adornada de bellas labores de yeserías y de mosaicos vivos de tonos metálicos; y el jardín con la alberca y los naranjos, con aquel maravilloso fruto que tanto les gustaba a sus padres.

Cuando acudió a su mente el recuerdo de sus padres, se llevó la mano a la cara y se apretó la frente, como si quisiera alejar de su mente algo que le torturara.

Su madre, era la más hermosa mujer de toda Africa, Fátima era su nombre y su belleza era muy superior a la que el pregonaba. De ella heredó Alí su espíritu soñador y alma de poeta. Era casi una niña cuando fue esclava del rico mercader de especias, hombre despótico, solo poseído del afán de acumular riquezas y rodeando a su esposa de una cárcel o jaula de lujo, pero que la tenía al mismo tiempo en el más completo abandono, sólo él, Alí, fue el consuelo de la desdichada Fátima, consuelo que le duró poco, pues su padre dispuso, que siendo un joven de quince años, partiera

a Bagdad a estudiar.

Seis años permaneció en Bagdad, el joven Alí y en ella su espíritu se abrió a todas las ciencias, que le enseñaron los más famosos alfaquíes del reino.

Cuando, ya hombre, volvió a su pueblo, al llegar al umbral de su casa, su padre le dió la bienvenida y le deseó la paz, luego sin contestar a las preguntas de Alí, que le requería por su madre, le condujo a una estancia interior, le invitó a sentarse y finalmente le habló así:

-Que Allah, te dé toda la energía que necesitas, para oír lo que te diré. Hoy hace ocho lunas que tu madre murió. Yo no quise enviarte donde estabas esta triste desgracia, pero ya es hora de que compartas conmigo este dolor. Mi corazón está lleno de tristezas, las fuentes de mi casa ya no salieron por los surtidores, ni los naranjos del jardín dieron más frutos.

Tras estas palabras el padre se golpeó el pecho con ambas manos, las elevó al cielo, al mismo tiempo que invocaba el nombre de Allah y finalmente se arrugó un poco las vestiduras de seda, cuidando mucho de no romperlas ( se rasgó las vestiduras).

Alí, que había palidecido, trató de calmar el dolor de su padre y se enterneció de amor por aquél al que siempre había temido.

Y aquel mismo día, Alí fué al mekaber[5] y sobre la tumba de su madre colocó una flor.

Ahora, recordando esos momentos, se vió cuán grande fue su indignación, cuando conoció la verdad. Fue un viejo sirviente, el que le contó al oído estas palabras:

-Debes saber Alí, que tu madre Fátima, la que era más hermosa que la luna, no murió como tu padre, mi dueño asegura, pues debes saber que su dolor es falso como la mala moneda, porque su alma es al igual que la de la víbora, él la dejó morir y por eso a

inventado la leyenda de su muerte.

Hace de esto muchos años, un año antes de que tú nacieras. Fue el día de la boda de tu padre con Fátima. Yo venía aquel día de un largo viaje de Isbìliya en el Andalus, en donde nací, mi nombre era y es Abul-el-Kasem. En aquella ciudad crecí y viví y fui admitido al servicio del rey que me quería mucho. Allí me casé. A los dos años de casado, mi señor el rey me llamó y me dijo:

-Tu eres un leal servidor, necesito de ti una prueba de lealtad.

-Manda mi señor.

-Mañana mismo partirás para Bagdad y en mi nombre entregarás un mensaje al Khalifa de Oriente, pero tienes que tener en cuenta que va en ello la seguridad del reino y la mía propia.

Me despedí de mi esposa y partí para el Oriente a cumplir la misión que me había encomendado el rey y así fue como el día de la boda de tus padres me encontraba en el Maghreb de paso a Bagdad. Yo viajaba disfrazado pues mi misión era secreta, me fingía pobre peregrino que iba a la ciudad Santa, a la Meca. Me encontraba entre las gentes que contemplaban el cortejo de boda, cuando quiso Allah que al pasar por delante de mi el caballo que conducía a la novia, se espantó y despidió a Fátima violentamente y fue a caer entre las patas del animal. Me arrojé sobre el

caballo y lo agarré con fuerza y luego levanté en mis brazos a Fátima. y Aquello fue mi perdición, pues los velos que cubrían su rostro se abrieron y su vista me consumió el corazón. Tu padre me invitó a la boda en señal de agradecimiento y me dijo que para premiar mi acción me daría algo, yo repuse que era pobre y que me quedaría a su servicio. Y fui traidor a mi patria, a mi rey y a mi esposa y he vivido veinte años en la horrible tortura de un amor imposible.

Cuando tu te marchastes, Fátima languideció, pero tu padre no quiso nunca decirle donde estabas y por eso le odio, pues es lo que la llevó a la tumba un día en que el cielo resplandecía con más luz, Allah decidió conducir a tu madre a gozar en los jardines del Paraíso.

Ahora ya sabes tanto de mi vida como yo. Han trascurrido veintiún años desde que partí del Andalus. Allí dejé a mi esposa y a una hija que contaba dos lunas. Pero como te conté la belleza de tu madre inundó mi corazón y no volví. Yo he de permanecer aquí hasta consumar mi venganza de ver a tu padre muerto. A ti que no te liga nada a esta casa, deseo que busques a mi mujer y a mi hija y le digas que me perdonen.

Y Abul-el-Kasem, ahogó su llanto con la mano en la boca.

Recordaba ahora Alí, como una noche salió de su pueblo en el Maghreb y como en medio de privaciones y angustias, que no le bastó la bien repleta bolsa de oro que Abul-el-Kasem, le entregó, no pudo como bien quisiera, pasar el mar para que lo dejara alguna embarcación en Isbìliya, pues las cosas estaban belicosas en todo el norte de Africa, así que pasó muchos días en las playas gastando mucho más de lo que había pensado, hasta que Allah, se compadeció de él y le envió a unos beréberes, que le condujeron con su embarcación, primero atravesando el Estrecho, llegando a las costas del Andalus y penetrando por el gran río Guad el Kebir y aquel atardecer después de remontarlo procedente del mar y a contra corriente, pisaba la tierra ansiada, en el momento que el sol caía con su rojo disco detrás de los cerros del Aljarafe.

Ardía la frente de Alí, al recordar las escenas del pasado, y quería cumplir la misión que le confió Abul-el-Kasem y deseaba llegar al centro de la población, admirando todo cuanto se cruzaba en su camino pareciéndole una joya de elevado precio la construcción que por encima de los bajas casitas se vislumbraba.

Miró al punto más alto de la torre que presidía la ciudad y tuvo la certeza que en aquella ciudad misteriosa sufriría su cuerpo y su alma.

Pero Alí era un buen creyente y dijo juntando las manos, sin importarle los que pasaban a su lado:

-¡El Misericordioso guiará mis pasos!.

Y siguió andando hasta el centro de Isbìliya.

********

Con gozo infinito avanzaba lentamente Alí y con ansia respiraba el aire tibio que estaba lleno de aromas de azahares. En su ánimo se había desvanecido aquel trágico presentimiento de momentos antes y daba paso ahora a ideas de ventura. En aquella tierra

bendita, no entraban ni penas ni angustias y pensó que Abul-el

-Kasem, se había quedado corto cuando le describió las hermosuras de su patria.

Alí era alto, delgado, tenía la frente despejada, los ojos negros que le brillaban con la luz de la inteligencia. Todo su ser reflejaba la nobleza de su espíritu. Cuando Alí iba cruzando las calles, las gentes lo miraban, porque la superioridad se reflejaba en sus ademanes y su voz al preguntar en dos ocasiones donde le podrían dar razón de la familia de Abul-el-Kasem, no era la palabra del mendigo ni del mísero peregrino, sino que su verbo era noble y su sonido la música del mejor instrumento conocido.

Allá a la derecha estaba el palacio o casa del rey, muy cerca de la Mezquita Mayor, pero en aquel lugar no quería preguntar para resguardarse hasta el final.

En estas conjeturas andaba, cuando desde lo alto de la torre, se llamó a la oración y se postró en tierra y oró con humildad y fe y su boca pronunció el nombre del Misericordioso y el de su enviado Mohammed.

Al terminar de orar, atravesó junto a la mezquita, internándose por las callejuelas adyacentes.

Del portón de un fondak se escapaban reflejos de luz, pues ya había caído las primeras oscuridades y el aire le traía bullicios desde el interior.

Alí, entró lentamente en la posada y vió que el patio central y las estancias ofrecían un pintoresco aspecto.

En centro del patio estaba ocupado por montones de bultos de mercancías y muchas gentes que estaban dispuestos a pedir asilo en aquella posada. Todos armaban ruido y desenjaezaban las mulas y los caballos y los llevaban al segundo patio donde estaba la cuadra, otros sacaban agua del pozo que había en el patio y bebían y volcaban el sobrante en la pila de piedra donde abrevaban algunas caballerías.

Cruzó Alí el patio y entró en la más grande estancia del fondak, esta estancia estaba destinada a cocina y comedor en donde los viajeros se reponían del cansancio del camino. Las paredes estaban ennegrecidas por el humo, estaba el suelo enlosado por enormes piedras y cubierto con una estera de palma y al fondo la campana del hogar en donde ardían los leños y en su alero descansaban platos, escudillas y alcazarras y de él pendía la gran candila de aceite que iluminaba con sus resplandores la estancia con pálidos reflejos.

La cocina de la posada estaba llena de gentes de toda condición y aspecto. Los había sentados en el suelo en las esterillas formando corros, otros sobre banquetas en torno a las pequeñas mesas que sustentaban platos y algunos hombres estaban tendidos junto a los muros, envueltas las cabezas en los albornoces y apoyados sobre las alforjas, durmiendo y reponiendo fuerzas de su cansancio.

Alí se sentó en un rincón cerca de la puerta y después que un criado le sirvió pan y frutas comenzó a contemplar a las gentes que le rodeaban y se arrebujó en su albornoz y se dijo que aquella benéfica fundación en donde hallaban posada viajeros y peregrinos era gracias a la inagotable magnificencia del Alto y Poderoso rey que regía los destinos de los fieles de aquel reino.

Todas las gentes que le rodeaban eran mercaderes del Maghreb y trajinantes que se dirigían unos a Granada, Almería o Málaga, y los había judíos que para disimular su presencia se cobijaban en el mas oscuro rincón de la estancia.

Algunos soldados que lucían vistosos trajes, gritaban alrededor de una mesita donde jugaban a los dados.

Junto a la lumbre y sentado, extendidas las manos para recibir calor, se hallaba un hombre de singular aspecto, vestía ricas vestiduras musulmanas y por su porte se dejaba traslucir que era un personaje de alta condición, era joven y sus ojos muy negros miraban con una fijeza y una altivez dominadora, de cuando en cuando los jugadores gritaban, volvía el rostro y contraía fuertemente los labios en un gesto contenido de ira.

Alí fijó mucho su atención y en su retina quedaron grabadas las facciones del noble desconocido.

Otras muchas gentes estaba esparcidas por el fondak. Unos entraban y otros salían constantemente y se acercaban al pozo para beber o darle agua a alguna caballería.

A Alí le fueron pesando sus párpados y se fueron esfumando de su vista las imágenes de los soldados jugadores, de los trajinantes dormidos y en fin de todo cuanto le rodeaba y cuando el sueño se apoderó de él y venció su fatigado cuerpo, persistía solo en su mente la figura del hombre de ricas vestiduras que sentado ante el fuego, le había causado tan agradable sensación.

Y la mente de Alí vagó por las más profundas regiones del sueño y fueron imágenes de tortura y de dolor las que se reflejaron en su mente.

Soñó que iba por un desierto perseguido por los enviados de su padre, que había jurado ante la espada del Profeta vengar la afrenta que significaba la huida de su hijo, tras penosos esfuerzos llegaba al Maghred y luego cruzaba a nado el mar y en loca y desaforada carrera se refugiaba en aquel fondak. Pero allí tampoco logró paz ni descanso.

El personaje que estaba junto al fuego, se levantaba e iba a su encuentro mientras se desnudaba completamente, como si en el fondak no hubiese nadie y llegaba a su lado y también le desnudaba. Nunca había visto un cuerpo desnudo de hombre, ni cuando estudió en Bagdad y convivió en la intimidad de sus compañeros estudiantes, más perfecto que aquel que le desnudaba, y consintió en sus caricias y correspondió a ellas, sus labios cálidos le atraían como el imán y nuevas sensaciones de placer le corrían por la espalda y todo su cuerpo. Fue algo inenarrable e inesperado que llenó de confusión a la vez que de alegría su pensamiento onírico involuntario.

Y entonces despertó Alí de su pesadilla y se dió cuenta de que algo estaba ocurriendo a su alrededor.

Una pelea estaba a punto de comenzar, viendo como los soldados se dirigían hacía el hombre de las ricas vestiduras que les aguardaba empuñando una daga con el rostro rojo de coraje, los ojos coléricos, todo él transfigurado en actitud de reto, contrastando con la que en el sueño de Alí, se había manifestado.

Inmediatamente tomó partido, sin saber como había comenzado la provocación, ni quién la provocó, pero las sensaciones que en su pensamiento habían surgido en el sueño le colocó junto a aquel que le hizo por primera vez sentir el placer más profundo.

Las gentes que ocupaban la estancia se habían retirado dejando espacio suficiente para la pelea que se avecinaba.

Los tres soldados se disponían a caer sobre el desconocido y uno de ellos avanzó elevando la espada sobre la cabeza del caballero, pero este en un rápido impulso, se encogió ladeando su cuerpo y clavó fuertemente su daga en el costado de su enemigo lo que hizo que con un fuerte alarido de dolor se desplomase rodando por el suelo. Pero no pudo sacar la daga que había quedado clavada en el cuerpo del que yacía en el suelo y los ojos de los otros dos soldados resplandecieron de alegría cuando vieron a este desarmado.

Pero ocurrió que Alí, viendo en el peligro que se encontraba el desconocido y al ver lo que iban ha hacer sus enemigos, sintió su alma encendida de indignación y con un rápido movimiento arrancó la espada de un soldado que estaba a su lado y con dos certeros golpes hundió la misma en los cuerpos de los que querían vengar la muerte de su compañero.

Se oyó un clamor de aterradas voces, todos se precipitaron atropelladamente hacia las puertas y en el centro de la estancia solo quedaron Alí y el desconocido.

-¡Por la fe del Islam, te juro, quien quiera que seas, desde hoy tendrás en mi un hermano!

Y luego, dirigiéndose a las gentes que se hallaban en la estancia, exclamó, en un ímpetu de ira.

-¡Canallas! ¡ retirad esos cuerpos!.

Y sin decir más, cogió por un brazo a Alí y cruzando la estancia, salieron a la calle estrecha.

Deambularon por el barrio en el que se encontraban, sintiendo el frío de la noche en sus rostros y Abu-Tabet-Omar-ben-Otmanben, le dijo a Alí:

-Esta noche me encontraba en el fondak disfrazado y sin nadie de mi séquito, porque obedecía al cumplimiento de una delicada misión y era aguardar la llegada de una mujer, hija del walí de Almería, que se dirige a la corte de Granada y que viene de Castilla donde ha sido criada por un infiel desde pequeña, ya que su madre se marchó del lado de su esposo cuando la niña era pequeña, esta joven de extraordinaria belleza viene a quedarse junto a la madre de mi señor, en Granada, como dama de compañía. Se llama Noriza y es la más codiciada de las doncellas del Andalus. Su padre, también necesita verla y ahora que su madre ha muerto regresa con los de su raza, pero al ruego de mi señor, consintió en la satisfacción del deseo de su madre, retenerla a su lado, con lo que el viejo walí no tendrá mas remedio que ir a verla a Granada a pesar de no haberla disfrutado desde que tenía cinco años, pero los deseos de mi señor son muy poderosos. El mismo, me ha confiado, a mi su mejor amigo, darle la paz y bienvenida, así que después de descansar en el fondak, voy a salir a su encuentro ya que me esperará en la puerta de Báb Maqaràna,[6] para descansar unos días en Isbìliya y luego, proseguir el viaje.

Juzgó Alí que se debía presentar a Omar y así lo hizo:

-Yo señor, soy del Maghred, mi nombre es Alí. Estudié en Bagdad y de regreso a mi patria hallé que mi madre había viajado al Paraíso con el Profeta ( que Dios guarde ). Ningún amor me ata al autor de mis días, pues el fue la causa de su muerte, es un hombre sólo dedicado a sus riquezas, pero un sagrado deber de amistad me ha traído a estas tierras. Perdona mi amigo que no pueda revelarte más, juré a un amigo sobre el Libro del Profeta, que no revelaría el secreto. Yo, en este reino no seré mas que un poeta estudiante que atraído por la fama de sus sabios, vino solo a aprender en las enseñanzas de los alfaquíes[7] ¡ Y que Allah, señor, te recompense la gracia que me otorgas con tu amistad!.

Omar, le pasó la mano por los hombros y lo atrajo hacía él besándolo en la mejilla, con lo que Alí se estremeció de los pies a la cabeza, pues las sensaciones del sueño volvieron a su cuerpo, con más virulencia que la vez anterior, pero con la realidad por delante.

Nunca había sentido atracción por ningún hombre, ni allá en Bagdad en los días de estudiante, ni cuando en muchas ocasiones iba a los baños a descansar, donde todos los hombres andaban desnudos, nunca pasó por su mente nada semejante, pero ahora estaba confundido y en su corazón bueno, pedía que Allah le aclarase esta nueva experiencia que surgía de su interior.

Entre agradecimientos y suspiros, llegaron a la puerta antes mencionada y saliendo por un postigo abierto en la muralla, al lado de la torre albarrana sobornando a un guardia para que les abriese el portillo por donde esperaban llegase la bella.

A modo de sillón, Omar se sentó en una piedra y Alí a los pies de forma que su cabeza estaba casi a la altura de las rodillas de su amigo, este le habló así:

-Mi querido amigo Alí, aquí delante de este firmamento que nos sirve de corona, juro que siempre me tendrás para todo cuanto precises, pues me has salvado la vida, de forma que por los eternos días de nuestra existencia y en el Paraíso serás como mi hermano.

Alí, inclinó la cabeza y la descansó encima de su amigo Omar, el cual le acarició la frente, el cuello y la garganta, en señal de amistad.

Acababa Omar, de pronunciar las últimas palabras cuando un estrépito de pisadas de caballerías primero y un fuerte rumor de voces después, distrajo su atención.

Omar se levantó presuroso, dejando para más tarde las caricias iniciadas, al tiempo que exclamaba:

-¡Deben ser los viajeros!.

Alí también se levantó y los dos se adelantaron, para recibir a la bella Noriza, que venía acompañada de dos esclavas y de dos escuderos que le había servido el rey castellano.

Pasaron por el portillo andando y llevando las caballerías asidas por las bridas y se encaminaron a una mansión que al efecto había sido alquilada días antes por Omar.

Llamaron y un esclavo les abrió, dejando pasar a aquella pequeña corte que se dirigía a Granada.

Entraron en el patio central y al lado, en una estancia, las esclavas de la viajera extendieron rápidamente sobre el suelo alfombras y almohadones y se retiraron quedando en la estancia Omar, Alí y Noriza. Sentaronse sobre los cojines en torno de una mesilla en la que las esclavas dispusieron tazas llenas de humeante infusión, pasteles de almíbares y rojas guindas azucaradas.

Estaba Alí sentado frente a la bella Noriza y cuando ésta se desprendió del velo, como una nube de gasa que cubría su rostro, pudo bendecir a Allah al contemplar la más extraordinaria visión de hermosura que jamás le fue dado admirar. Resplandecía el rostro de Noriza cual la luna en el Ramadán[8]; eran sus ojos verdes como la luz de cien auroras, su boca era un prodigio de perfección y las rojas guindas envidiaban el color de sus labios y la leche el de sus mejillas; la más famosa música no tuvo jamás que envidiar al timbre voz de la bella, ni en los mas bellos palacios del Andalus, pudiera hallarse mujer alguna que ostentara la perfección de aquel cuerpo que se adivinaba por debajo de las ropas que lo cubrían.

Alí, en aquella noche, se deleitó hora tras hora contemplando las bellezas admirables de Noriza y de Omar y oyéndole contar a la primera, las incidencias del camino.

Omar por su parte, no dejaba de recrear su vista por los cuerpos de Noriza y de Alí.

Y cuando en Oriente, a través de las brumas comenzaban a avanzar las luces del amanecer, Noriza, Alí y Omar, se abandonaron en los brazos de cada uno y penetraron en la profundidad de los caminos ignotos de sus descubrimientos particulares, sintiéndose carnes inseparables hasta quedar extenuados encima de los almohadones en donde las prendas de vestir de los tres, quedaron esparcidas por doquier.

Ya el sol inundaba con su luz la estancia, cuando despertaron se colocaron las ropas más imprescindibles y Omar tocó las palmas, para que las esclavas les sirviesen.

Alí deseoso de que el sol le diese de lleno en la cara, subió a la terraza desde donde se divisaba palacio de verano del emir, desde allí se veían los jardines del mismo.

Llevaba un buen rato contemplando los alrededores y el verdor de la orilla del río, cuando, sintió unas manos suaves que le acariciaban la espalda, no se volvió, pues intuyó quien era el dueño de aquellas manos, tan dulce como la miel de su patria.

Sintió el aliento de Omar pegado a su cabeza y sintió como aquellas manos le deslizaban el albornoz hasta el suelo y notó la carne deseada pegada a su cuerpo, disfrutando en aquella terraza lo que su amigo le había reservado. Después Omar se retiró no sin antes besarle la punta de los dedos de las manos y allí permaneció tendido al sol del otoño, aún cálido, que le penetraba por todos los poros de su cuerpo desnudo y en libertad.

Aún estando en esta posición, pues no se quería mover, para evitar que se esfumase el encanto, como en el sueño de la posada, cuando sintió unas manos que le acariciaban suavemente y le hizo trasladar a la cima de una montaña y contemplar el Edén en toda su plenitud, ¡ Noriza daba amor a raudales a quien en la noche había sabido transportarla a las más altas cotas de la pasión !.

El cielo brillaba aquella mañana más que de costumbre, pues tres corazones se habían cruzado en el camino en la vega del río Guad El Kebir.

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Aquella mañana se propuso Alí, que no había de ponerse el sol aquel día sin que él descubriera a su gran amigo Omar, el secreto de su alma.

Y así cuando por la noche paseaban ambos por la orilla del río, en el calor y la sinceridad de las palabras, Omar con el brazo alrededor de la cintura de Alí, este le dijo:

-Ya ha trascurrido una luna desde que pisé por vez primera esta bendita tierra y este tiempo ha sido para mi como la fugaz estrella que cruza los espacios; mi alma ha vivido embelesada en la dicha inefable de un amor que ha cerrado mi espíritu a cuanto no fuera él y a cuanto de él no me hablara. Amigo yo a ti te debo todo y ya es ingratitud ocultarte por más tiempo mi secreto.

Omar abrazó a su amigo y le besó en la mejilla y sonriendo atajó con estas palabras:

Tu secreto ¡oh Alí!, hace días que lo leí en tus ojos que lo proclamaban y te hicieron traición, ya que tu alma quedó deslumbrada ante los mágicos encantos de Noriza, la más hermosa mujer del Andalus ¿ Te ama ella ?.

-Vive por mi; toda ella es mía...¡Oh amigo; yo no conocí hasta ahora la vida!... y también te amo a ti, con lo que me considero un ser afortunado, pues sin tus caricias no podré viajar por los jardines de mi fantasía.

-¿Que te detiene, pues, a proclamar ese amor que sientes por Noriza y por mi ?, bastaría que nos pusiésemos de acuerdo, para que los tres nos complaciéramos y solamente fuese tu esposa, con lo cual si ella lo estima oportuno mis efusiones amorosas quedarían a un lado y me retiraría a bendecir vuestra unión en el más apartado lugar del Aljarafe.

-¿Es verdad que verías con gusto nuestro amor?

-Yo te considero mi poeta particular, te he colmado de honores y amor, te albergo en mi casa... ¿ que más puedo hacer para llamarte hermano?

Alí, entonces, cogió entre las suyas las manos de su amigo y las besó, y con voz velada por la intensa emoción dijo, poniendo frenesí en sus palabras:

-¡Oh, amigo! guarda en tu pecho estas palabras que voy a decirte. A pesar de lo que me estas diciendo cuando Noriza se halla ante ti, he visto un tus ojos un rebrillo de ansiedad.

-El amor que te abrasa te engendró celos. La hermosa Noriza es tuya, solo tuya. ¡Que Allah prolongue vuestra dicha en infinitos días!

Luego los dos amigos se tendieron en la arena, allí junto al río y mirando a la luna plateada que con sus reflejos, parecía que acariciaba a ambos cuerpos, juntos compusieron un poema de amor.

**********

Moría la tarde dulcemente; los jardines del palacio del Emir, la mansión de recreo, aparecía en aquellos instantes desde la terraza en donde estaba Alí, un palacio y un jardín encantado, como si un genio lo hubiese transportado en aras de la felicidad de Alí para recreo de su vista. Los resplandores del sol hacían que las colinas del Aljarafe, pareciesen ascuas de fuego prontas a ser encineradas, se aspiraba el violento aroma de las flores que cuajaban en salpicaduras de vivos tonos los bancales de los jardines y se percibía un leve susurro el ruido del agua al deslizarse por los canalillos de los azulejos del patio de la casa de Omar.

Alí caminó lentamente por el espacio reducido de la terraza de la casa de su amigo hasta que la noche lo cubrió todo con su manto, entonces elevó su vista al cielo y consultó la altura de las estrellas, luego se embozó hasta los ojos con la capa que vestía y apresuradamente bajó las escaleras y pronto se halló ante una puertecilla que se habría en el muro del recinto del palacio de verano.

Había recibido por la tarde un mensaje del Emir, que deseaba verlo para consultarle la formación de algunos poemas, ya que se había enterado que a este arte se dedicaba.

servido por hamed-ben-nafal-el-yaobli sin comentarios compártelo

20 Enero 2008

EL COMILÓN


Esta es la relación cierta y verdadera de lo que sucedió a Ammar. ¡Plegue a Allah que ella sea intermediaria entre la experiencia y quien leyere!.

Ammar era un comilón famoso a quien nadie pudo aventajar en la prisa y donaire con que batía las mandíbulas. Su gula llegó a ser tan conocida por Isbiliya, demostrada y manifiesta, que se hizo provervial y era citada por vía de ejemplo.

Gozaba Ammar de un alma perfumada de generosidad para todo lo que se relacionara con llenar el estómago, que si hubiera en juego algo que engullir, el famoso tragón satisfacía su insaciable apetito sin dársele un ardite de los demás y sin parar en barras en nada, con tal de conseguir la comida, ni aún a los ruegos de su esposa Aixa, la legítima según el Libro y la Sunna.

Ella, lejos de rebelarse, pues era muy virtuosa y creyente, aceptaba la eterna hambruna consolándose con las palabras de Alá ( su verbo siempre es verídico), que rezan:" la mujer que enoja a su marido verá su lengua estirada setenta codos el día de la tribulación". Palabras que con otras de igual matiz, más el relato de casos e historias en que la soberbia femenina era corregida con mano dura, y que Ammar, tenía buen cuidado de referirle, servían para mantener a la mujer dentro de la prudencia y de la discreción precisas.

Por eso, al sonar la hora del comer, hora de recogimiento y devoción para nuestro comilón, quedaba muy satisfecha cuando su marido, ahíto, dejaba algunas sobras para ella.

Aconteció un día que Ammar, se levantó con el ánima encendida por el deseo de regalarse con un plato de su predilección, y porque el alma no le pareciese se encaminó al zoco donde mercó un regular trozo de carnero.

el pedazo hubiera bastado para saciar a dos personas de buen apetito; pero contando con el de Ammar sobrepasaba los límites de lo natural.

La mujer aderezó el manjar, lo mejor que supo y pudo y el hombre lo llevó al horno.

Se dió una vuelta por la alhondiga y cuando estimó que su asado estaba terminado, se dirigió al horno para recogerlo. Cuando llegó y tras saludar al palero, que eran tan negro como la chimenea de su horno, se dirigió a la hija del dueño del establecimiento, la bella Fátima, la cual andaba por los treinta y aún no había sacado marido y suspiraba por que la hiciesen concubina de algún jeque árabe que pasase por la alhondiga, o la raptase algún bereber, para llevarla al desierto y allí hacerla suya, pero a decir verdad esto sería imposible, pues la pobre poco agraciada, no parecía que se realizasen sus sueños. Tenía unas piernas curvas, que se le traslucían por el zaragüelles, que

ella procuraba fuese lo más fino posible, para exponer sus encantos, lucía un generoso escote, con lo que podía verse unos flácidos senos, pero que a nuestro amigo Ammar, le llegó a las más altas cotas de las fantasías.

Platicando con Fátima y sintiendo las necesidades del macho, ante la contemplación de la fémina, no se dió cuenta de que Fátima le entregaba una cazuela de tamaño doble a la suya, pero que con el tufillo daba poderosos aldabonazos en su estómago glotón.

Ammar que no entendía de escrúpulos en materia de gastronomía, decidió aprovecharse de la equivocación y de paso tocar con sus libidinosos dedos el talle de la hija del dueño del horno y salió muy orondo con la hermosa cazuela sobre la cabeza, sin que el que tocó ni la que se dejó tocar, pusiesen demasiada resistencia.

¡Apresuraba el paso para gozar cuanto antes del delicado plato!, iba con el ansia del viajero que en el desierto espera la noche que ha de mitigar su fiebre; pero entretanto bendecía a Allah que así trueca las cazuelas. Eterna alabanza para quien tuerce las vicisitudes de la vida y guía a su talante los acontecimientos por haber hecho un favor y un acto de misericordia con la hija del dueño del horno, la cual quedó agradecida y soñadora, para el resto de sus días, pues hasta que Ammar no la tocó no había sido usada ni aún por los gatos que había en la casa y no es que Ammar fuese un adonis, no, Ammar era gordo y seboso como corresponde a un buen glotón que se precie.

Llegó a su casa, acomodóse en la colchoneta que le servía de cama y de asiento, llamó a Aixa y, ofreciéndole el mejor despojo de la cazuela, le dijo:

-Come mi amada esposa.

Aixa, despavorida, miraba a su marido.

-Señor mío-inquirió- ¿ estás bien de salud ?, sabe Allah que me inquieta tan desusada muestra de atención, que no estoy, en verdad, acostumbrada a tanto mimo. Así pues, ¿ No estás malo ?.

-Nunca mejor salud gocé ni mejor apetito.

Y para alejar toda mirada maléfica, pronunció la fórmula preventiva:

-Mis cinco dedos en el ojo derecho del Empedrado y mis otros cinco dedos en su ojo izquierdo-luego agregó.

-Pues verás esta cazuela no es la nuestra, que me fué entregada por el pago de haber tocado carne, maltrecha, pero carne al fin y al cabo y que al toque de mis manos se alegraron tanto que las suyas saltaron como pétalos de las biznagas del campo y cogieron la que no era mía y cuando note el trueque su legítimo dueño, quizá se le ocurra lanzar un torrente de maldiciones por su boca iracunda para quien se comió lo más granado de su manjar.... y no es por nada; pero come, come, que Allah es grande y los grandes males hay que repartirlos como buenos creyentes.


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19 Enero 2008


Patio de las Doncellas con el jardín y estanque original de QASR_AL-MUBARAK

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19 Enero 2008

LA NOCHE EN QASR AL-MUBÀRAK

Excavaciones recientes del Alacazar Original en el Patio de las Doncellas

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19 Enero 2008

AL_MUKARRAM....EL ALCAZAR DE SEVILLA2

El dorado de sus puertas, la magia de la noche en Qasr Al-mubàrak
Alcazar de los Reyes Árabes...usado despues por Don Pedro I de Castilla...lamado "el Cruel"

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19 Enero 2008

AL_MUKARRAM......EL ALCAZAR DE SEVILLA

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LAS LEYENDAS ERÓTICAS ANDALUSIES

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